lunes, 18 de enero de 2016

EL DÍA QUE SALÍ DE CLASE


Ricardo Silva-Santisteban es un profesor de escuela antigua. De aquellos que exige atención absoluta y te expulsa del aula de clase, si descubre a algún alumno conversando o revisando su celular, una mala costumbre de las nuevas generaciones. Profesores como él, me enseñaron en pre grado en la década de los noventa cuando estudié psicología en la Universidad Nacional Federico Villarreal. En aquellos años, todavía muy pocos tenían acceso al celular, a nosotros nos expulsaban por hablar en el aula o incluso por realizar una mala exposición. No estoy afirmando que los métodos educativos antiguos sean superiores a los actuales, solo establezco una diferencia. Ahora el empoderamiento del alumno, en ocasiones prima sobre la autoridad de cualquier profesor pusilánime. Pero la metodología educativa no es motivo de este artículo, sino mi experiencia como estudiante de una segunda profesión. ¿Cuál? Literatura, y no estoy trastornado, ni estoy en plena crisis de los cuarenta, ni se me ha zafado un tornillo. Sucede que soy un psicólogo que ama la lectura, y soy consciente que aquí en el Perú, leer no significa casi nada. En primer lugar, hay que ganarse el sustento, y recién en segundo lugar, intentar hacer lo que nos eleva el espíritu. Un absurdo total, pero así es la vida para un gran número de personas. Por ese motivo, no estudié Literatura, además, a fines de los ochenta no existían la cantidad de universidades que hay en la actualidad donde basta inscribirse para estudiar. Años atrás, las universidades eran escasas y para conseguir un lugar en sus aulas, había que estudiar con ahínco. Convertirse en universitario era un verdadero mérito. Así, terminé en la Facultad de psicología, donde aprendí a querer la profesión.

No es simpático vivir dividido, pero como en muchos casos, la escisión se impone en la vida. Siendo un amante de la literatura, terminé como psicoterapeuta de pareja. Qué paradoja. Me convertí en un infiel de mí mismo. Sin embargo, nunca dejé de leer y escribir. Mis dos verdaderas pasiones. Estudiar literatura como segunda profesión resultó inevitable.

El semestre pasado conocí a Ricardo Silva-Santisteban en el curso de Poesía. Un amante de Shakespeare. Un verdadero Maestro. Todo un académico. Por primera vez, en mi historia de estudiante hubo momentos donde me sentí como un total ignorante. Incluso era incapaz de elaborar una pregunta. Es cierto. Entendía la clase, pero cuando el Maestro anunciaba el tiempo para absolver alguna duda, no tenía la menor idea de qué preguntar. Sucede, que ese detalle solo tiene lugar, cuando uno se encuentra con una personalidad académica de tal magnitud, que los escasos conocimientos no alcanzan para elaborar una interrogante, (algo similar, me había sucedido en las clases de Ricardo González Vigil), y es una lástima que académicos como ellos, sean cada vez más difíciles de encontrar en las universidades. Son otros tiempos argumentarán algunos. Desde mi punto de vista, se trata de una excusa. 

Ricardo Silva-Santisteban es Presidente de la Academia Peruana de la Lengua y Caballero de las Artes y las Letras del gobierno francés. Es ensayista, traductor y poeta. Gracias a sus clases que parecían conferencias magistrales, conocí la poesía de Li Tai Po, Coleridge, Marwell, Poe (de quién solo había leído sus cuentos) y entendí por primera vez a Eguren. Aprendí a valorar en toda su magnitud, cómo la furia de Aquiles desencadena toda una serie de sucesos en el noveno año dela guerra con Troya en la Iliada, y las aventuras de Ulises en la Odisea.

Recuerdo que acudía al aula con un enorme bloque de separatas de poética, y una de las pocas veces, que no la llevé completa porque pesaba mucho, al Maestro se le ocurrió analizar el poema “En alabanza de la vida campestre”, y ¿adivinen? La ley de Murphy se cumple. Soy testigo. No tenía el bendito poema entre mis separatas. El profesor anunció como condición para escuchar la clase, tener el poema. De este modo, más de la mitad de los compañeros salimos corriendo hacia la fotocopiadora. Todos los jóvenes maldiciendo y yo como un padre tratando de poner calma. A pesar de ello, me sentí contagiado por la energía de la juventud manifestada en sus reclamos. Los jóvenes siempre creen tener la razón, y no la tienen. Luego, lo descubren, claro. Cuando la experiencia se impone, pero en aquel momento, me sentí joven de nuevo. Fue estupendo.

Solo tengo una frase por agregar: gracias por sus enseñanzas, Maestro. 

domingo, 27 de diciembre de 2015

AÑORANZA


Extraño los pollitos que cuidaba mi abuela. Extraño escucharla cantar. Extraño viajar a Otuzco, su tierra natal con ella. Extraño a mis padres de la infancia. Crecí y como es natural, ellos desaparecieron a pesar de tenerlos cerca. Extraño correr por el parque. Extraño subir a los juegos mecánicos con mi  madre. Extraño ver a Ultrasiete derrotando a los monstros que invadían La tierra, a Marco buscando a su mamá, a Meteoro ganando carreras, al Correcaminos huyendo de las ingeniosas trampas del coyote. Extraño reírme como un niño. Extraño canjear muñecos de Los Picapiedra en las lavanderías American Dry Cleaner. Extraño el chocolate Superleche. Extraño mi infancia.

No extraño mi colegio.

Extraño jugar fútbol toda la tarde con mis amigos en la calzada. Ser arquero porque era el único puesto para el que servía. Extraño jugar canicas, trompo y chapita. Extraño ensuciarme la ropa y llegar todo sudado a mi casa. Extraño faltar al colegio y después tener que ponerme al día con las tareas. Extraño cuando mi tío me llevaba al cine a ver películas de ciencia ficción y de súper héroes, y también extraño mirar las fotografías de los estrenos en los murales de las paredes. Extraño pasear con mi madre por las tiendas Scala, Monterrey y Tía. Extraño coleccionar e intercambiar figuritas de los álbumes de Navarrete. Extraño mis clases de natación aunque al inicio las detestaba. Extraño ver a Perú en el Mundial de España 82. Extraño a la mascota Naranjito. No importa que Polonia nos goleara por 5 a 1. Extraño mi niñez.


No extraño la escases de los ochenta.

Extraño las gaseosas Piña Canada Dry y Teem para la peor sed. Extraño la saga original de Star Wars, aunque la pueda ver repetida mil veces. Extraño jugar ajedrez, no importa si perdía el ascenso de categoría por medio punto. Igual extraño la tensión de estar sentado frente al tablero. Extraño las tribunas colmadas del hipódromo para ver a Misilero y a El Duce. Extraño a Lutz ganando el Gran Premio Latinoamericano. Extraño correr maratón. Extraño saltar en las tribunas del estadio. Extraño grabar música en casete. Extraño cuando existía la amistad. Extraño Trujillo adonde prometo retornar. Extraño mi adolescencia.

No extraño el terrorismo.

Extraño mis años universitarios y todo el tiempo libre que tenía. Extraño a las chicas que me dijeron que no, también a las que me dijeron que sí. Extraño a mis amores imposibles, también a mis amores posibles. Extraño a mi tía Julia que siempre creía en mí. Extraño ir al gimnasio. Extraño el concierto de Indochina en el Amauta. Extraño la voz de Freddy Mercury. Extraño la salsa de Rubén Blades y de Héctor Lavoe. Extraño la emoción de mi primer viaje en avión. Extraño los combates de Hagler y Duran. Extraño las carreras de Sena y Schumacher. Extraño leer en los buses, acabar novelas de 500 páginas y de inmediato comenzar una nueva. Extraño a Michilin, un gato parecido al de “Cementerio de animales” de King. Motta, una perrita chusca juguetona. Oso, un pastor alemán que mis padres regalaron porque no querían la casa convertida en un albergue de animales; y a Kitty, una pekinesa traviesa de color caramelo, todas las mascotas que me acompañaron hasta este momento. Cuanto las extraño. Quizá demasiado. Extraño a mis amigos. Extraño cuando reíamos juntos. Incluso a veces, me extraño a mí mismo. Extraño mi juventud.


No extraño mi vida adulta. La estoy viviendo.

domingo, 29 de noviembre de 2015

PRESENTACIÓN DEL LIBRO: “HASTA SIEMPRE, YODA” DE FERNANDO ESPÍRITU


“Hasta siempre, Yoda”, es el nuevo libro de cuentos del psicólogo y escritor Fernando Espíritu, editado por Intermezzotropical. La presentación tendrá lugar en la Feria del libro Ricardo Palma, en la sala Antonio Cisneros, el viernes 04 de diciembre a las 5:00pm. Presentan la directora de cine y narradora Rossana Díaz Costa, el narrador Roberto Reyes, y modera Victoria Guerrero Peirano, editora de Intermezzotropical.
Sobre el libro de Fernando Espíritu, Rossana Díaz Costa escribe: “Como una inusitada lluvia, que arrasa con sus personajes casi a modo de purificación, los cuentos de Fernando Espíritu nos trasladan a una lima sumida en el caos, gobiernos en crisis y la dictadura fujimorista de los años noventa”.
Fernando Espíritu ha publicado los libros de cuentos: Te queda un poco de café (2011), Qué saben los ajedrecistas de mujeres (2004) y Río salvaje (2002). En el campo de la psicología, ha publicado La pareja en blanco y negro. Amor y conflicto (2013), Psicología y literatura (2009) y La pareja entre el amor y el dolor (2007). Este último, en coautoría con Marivel Aguirre.

Se agradece su participación.

sábado, 21 de noviembre de 2015

AZAR O INCONSCIENTE EN “UN GOLPE DE DADOS”


¿Acaso todos vivimos tragedias griegas como pensaba Freud? ¿Determinismo puro o azar? Es el dilema de Nadja, la protagonista de la novela “Un golpe de dados” de Victoria Guerrero. Quizá las circunstancias de décadas terribles experimentadas en el Perú entre los 80 y 90 han decidido nuestra individualidad. Una individualidad de secretos y añoranzas que colinda con la melancolía. La novela plantea un viaje hacia el interior de uno mismo. Un interior, donde prima el conflicto latente: “Las palabras se convierten en una enfermedad cuando las mantienes dentro de ti”. Y las palabras existen para salir a la luz. ¿Qué otro sentido tendrían? Para Lacan, lo inconsciente está lleno de palabras, pero una palabra destinada a permanecer oculta, carece de trascendencia si no se expresa. Claro que también puede convertirse en acto, en pauta o en síntoma. En el caso de la literatura, este acto se llama escribir,  y cuando uno lee “Un golpe de dados”, tiene la sensación de encontrarse con palabras plagadas de emociones y sentimientos, en la mayoría de los casos encontrados y dialécticos, añoranzas por días felices, matizados con una dosis de melancolía. Sucede que la novela, grafica de modo nítido el psiquismo humano, sin esconder nada, ni pretende brindar la absurda ilusión de muchas personas, por alcanzar aquel estado de nirvana imposible de lograr en una sociedad como la nuestra.

         
      La novela parece rechazar lo normal, lo convencional, y se inclina por lo tanático, ya que la palabra muerte surge en reiteradas ocasiones. Sin embargo, su fin no parece ser el tánatos, sino que enfoca la sinceridad como una necesidad y es presentada como protesta en una sociedad donde todo el mundo prefiere el silencio. “Un golpe de dados” revela el psiquismo tal y como es, alejado del determinismo, sin adornos, ni exageraciones, nos ofrece momentos felices e instantes de pérdidas: “H…desapareció un día de octubre”. Son episodios que se asumen como una culminación de etapas, una vez, elaborada la culpa. La protagonista Nadja padece, así lo demuestran las secciones de Azar y de Comando Plath donde destaca la emoción y la lírica del texto.


Por último, considero que existe un personaje encargado de hacer entender al lector que la tristeza no es suficiente: el Pollo. Personaje que cumple la función de arquetipo, imagen inconsciente presente en todo ser humano, y que nos permite continuar adelante, aceptar la diferencias y luchar por aquello que creemos, porque llega un momento en la vida donde es necesario lanzar los dados. Felicitaciones a Victoria Guerrero por escribir una novela, que nos recuerda cómo es la vida y cómo somos nosotros.

sábado, 14 de noviembre de 2015

LA VERDADERA TRAGEDIA


Es lamentable lo sucedido en Francia. Más de cien muertes absurdas porque no existe ninguna razón, ni mucho menos una ideología que sustente la muerte de siquiera un ser humano. Lo sucedido ayer es una muestra del caos total, al cual, la indiferencia del hombre por sus semejantes lo ha llevado. Muertes, destrucción, violencia. Qué más estamos esperando para que exista una reacción. Primero, empezamos a destruir el planeta como si tuviéramos otro a dónde mudarnos cuando La tierra, nuestra hermosa Tierra, quede totalmente depredada. Y ahora, estamos aniquilando de modo salvaje al propio ser humano, a nuestro semejante. Tales sucesos dejan familias rotas, sociedades enfermas, disfuncionales. Y lo peor, es la apatía de los semejantes. Claro, al siguiente día una gran mayoría opta por la huachafería de colocar los colores de la bandera francesa en sus fotos de facebook. Otros proponen orar por las víctimas y los familiares, como si ello, les devolviera la vida o paliara su dolor. Es como pretender que la fantasía se imponga sobre la realidad. Es negar la realidad  y solo es una muestra más del mundo absurdo en el cual vivimos, y no me importa parecer alguien que va contra la corriente. No, solo estoy escribiendo desde la ira, desde la vergüenza, desde el desconcierto, que con seguridad, muchos argumentaran, no son buenos consejeros.

Pero sucede que no entiendo porque el dolor de los demás no motiva reacciones. No es suficiente sentirse conmovido. No, de ninguna manera, lamentarse no basta. Las acciones se imponen. Como sostenía Sontag, notable ensayista americana, la indiferencia se ha apoderado del ser humano. De lo contrario cómo entender lo sucedido en Francia.


Y ¿solo en Francia? ¿Y qué pasó con los jóvenes decapitados en México? ¿Con los palestinos y sirios que mueren todos los días? Pero ni siquiera hay necesidad de dirigir nuestra mirada tan lejos. ¿Qué sucede con nuestros compatriotas víctimas de los rezagos de Sendero, o con aquellos niños que todos los años mueren por culpa del frío en los Andes? Nadie dice nada. Es como si no existieran. ¿Acaso esperamos que un gobierno corrupto, que de manera desesperada intenta esconder sus fechorías, se dirija hacia los niños y los rescate? Eso no va a suceder. Es imperativo comenzar por nuestro semejante, ayudarlo de acuerdo a nuestras posibilidades, y cuando ellas se agotan, hacer un esfuerzo adicional. De lo contrario, esta sociedad dejará de llamarse como tal. Esa es la verdadera tragedia.

domingo, 18 de octubre de 2015

KUNDERA Y LA REPÚBLICA CHECA


En la década del 50, la República Checa, todavía mantenía el nombre de Checoslovaquia, así como la influencia de la ideología socialista soviética que se mantuvo durante varios  décadas más. Influencia plasmada en el control de las instituciones, y por consiguiente, también sobre el arte. Recién en 1963, este país europeo inicia sus pasos hacia la libertad política. Los escritores confinados al silencio durante años, ven la oportunidad de expresar sus ideas, y traspasan la barrera de oriente y su obra comienza a ser reconocida lejos de las barreras impuestas por la censura socialista.

            En este contexto, destaca la notable figura de Milan Kundera al desenmascarar la realidad abusiva del stalinismo con la novela “La broma”, publicada en 1967, donde narra la historia de Ludvick, un estudiante universitario, que envía a una compañera de clase una tarjeta donde se burla del optimismo ideológico de la época, y sufre las consecuencias grotescas de ello. De este modo, eligiendo una situación en apariencia trivial, Kundera brinda al mundo lo absurdo de una sociedad regida por ideologías autoritarias que no permiten discusión alguna.


            Al año siguiente, en 1968, los rusos invaden Praga, y muchos autores son sometidos a la censura. Esto obliga a Kundera a emigrar a París, ciudad donde escribirá sus mejores obras, implementando un estilo particular combinando la ficción con el ensayo filosófico. En París, escribirá quizá su mejor novela: “La insoportable levedad del ser”, una historia de amor que inicia a modo de texto filosófico, para luego trasladar al lector a un mundo de celos, traiciones y muerte, capaces de conmover hasta la personalidad más rígida. La obra nos revela las fragilidades de las personas que parecen destinadas al sufrimiento, pero a diferencia de la tragedia griega, es un destino buscado por las propias parejas. Toda una paradoja. Un destino que lleva a una dramática reflexión: la levedad de la propia existencia.

sábado, 12 de septiembre de 2015

DESDE LA VENTANA


Al mirar por la ventana de la sala veo un auto estacionarse frente a la casa. Al fondo se distingue la Plaza Manco Cápac. En la calle mi padre está terminando de cerrar el auto. Es un Dodge negro, aunque no estoy seguro de la marca, tampoco del color. Después otra vez el paisaje, la Plaza Manco Cápac rodeada de casas y avenidas. Este es el único recuerdo que conservo de mi abuela paterna. Un recuerdo difuso que cada día se diluye más. Tenía tres años cuando ella murió, y por alguna razón, estoy convencido de que es ella, quien me tiene arrullado en sus brazos diciendo: “Mira, ya llegó tu papá”. Ni siquiera recuerdo su rostro. Apenas una sombra y su amor. Porque siento su amor mientras me acerca a la ventana. Siento el perfil de ambos muy cerca del vidrio. Es lo único que me queda de ella. Se llamaba Antonia. No alcancé a conocerla lo suficiente y casi nunca evoco la escena. Extraño, porque mi actividad preferida con mi hijo, es cargarlo y llevarlo a echar una mirada por la ventana. Me conmueve su alegría cuando descubre a las palomas en el jardín al interior de la casa o cuando ve pasar a los autos por la calle. Se agita, grita y sonríe. Entonces comprendo el amor que sentía mi abuela. Mi padre dice que tenía el cabello muy negro con trenzas. No lo recuerdo y me doy cuenta de que no necesito hacerlo. Lo estoy viviendo. Hay algo de ella que me impulsa a decirle “upa” a mi hijo, y llevarlo hasta la ventana. También podría darle vueltas o cualquier otra cosa, pero no, antes que nada nos dirigimos hacia una de las ventanas de la casa y nos reímos juntos hasta dejar empañado el vidrio. Ya no está la Plaza Manco Cápac al frente. Tuve unas cuantas mudanzas en mi vida. Como todas, esta parece ser la definitiva. Mi hijo todavía no ha vivido alguna. Tiene el cabello castaño y ya aprendió a decir “baja”, y sé que pronto, no dejará que lo cargue. Así, quedará marcado el final de una etapa.
      Al mirar por la ventana del estudio vemos el auto estacionado en el garaje. “Auto”, dice JF, mi hijo. “Sí, papito, el auto”, le digo. Es un auto gris. Sí, mamita Antonia, es gris, estoy seguro.

sábado, 8 de agosto de 2015

TRICICLO

 FERNANDO ESPÍRITU

Un plato de puré en la mesa
Spiderman en la televisión
Y animalitos de plástico
A veces el amor es tan sencillo
Olvidar el abandono en tus brazos
Edén por la tarde
Paseos en triciclo
Uno de color anaranjado
¿Recuerdas?
Dime que sí, por favor
Apenas distingo la empañada pantalla
Quizá los animalitos de plástico
Mudos como mi tristeza
Por fin se animen a hablar
Y griten tu ausencia
Dime, por favor
Hablo al oído que no perdiste
Tenías cuarenta y yo era un no nacido
Penaste y regresaste
Para tus hijos, pero sobre todo para mí
Un mediocre poeta
De pupilas empañadas
Y temblorosa mano
Quisiera volver a montar el triciclo anaranjado
Solo para que me persigas
Solo para huir y que me encuentres
Girando alrededor del mundo
Girando alrededor del parque
Dime por favor, que quizá te encuentre
¿Recordarás?
Mi nombre y el de tus hijos
Tu amor huye de mí como tu memoria
Me siento como un animalito de plástico
                                                                     Muuudo
Montado sobre el triciclo anaranjado
Extrañando tu amor
Sin nadie que me persiga
Inútil, sin saber qué hacer.
Sin saber cómo diablos continuar este poema
Dime que algún día lo leerás
Barbarita
Con tu cabello siempre negro
Un plato de puré sobre la mesa
Un triciclo anaranjado girando alrededor nuestro
Girando

Girando.