sábado, 22 de julio de 2017

EN EL ESPACIO NADIE PUEDE OÍR TUS GRITOS


El título del artículo pertenece a la frase utilizada  en el tráiler publicitario de “Alien, el octavo pasajero” de 1979, conocido como el primer filme de terror de ciencia ficción. Recuerdo haber visto la película de niño y todavía permanece grabada en mi memoria como una estampa, la escena donde el oficial Kane, interpretado por John Hurt, muere de un modo impresionante delante de sus compañeros durante la comida en la nave Nostromo. Así nace Alien, y desde el primer momento, es terrorífico. Pronto, comenzará a matar a toda la tripulación como un animal sanguinario, y a la vez, con una inteligencia superior a la humana.


            Alien se convirtió en ícono del miedo. Fue el temido “cuco” convertido en realidad, podía estar escondido en cualquier parte y atacar de improviso amparado en la oscuridad y la absoluta soledad del espacio. Uno a uno, los tripulantes de la nave Nostromo se convertirán en sus víctimas, porque Alien, no se detiene, seguirá matando y parece su único destino, el destino que le otorga el director Scott para mantener al espectador pegado en la butaca. Angustia y sadismo combinados, fueron el sello que nos legó esta despiadada criatura. Las secuelas, hasta la reciente Alien covenant, perdieron aquella sensación de miedo. Era predecible, la sorpresa estaba perdida. Quizá hasta el segundo filme, se mantuvo el suspenso y el miedo. Después, se intentó recurrir a complicaciones en la historia y a pesar del avance de los efectos visuales, gracias a la tecnología, ya no fue lo mismo.


            El suspenso y el miedo de Alien escondido y corriendo por la nave Nostromo en busca de una nueva víctima, fue insuperable. Mi memoria, así lo recuerda.

domingo, 18 de junio de 2017

CINCO CUADRAS


Hoy caminé las cinco cuadras más largas de mi vida. No por la extensión de las manzanas sino por el pequeño paso de mi hijo. Tiene casi cuatro años, y como es lógico sus pasitos son cortos. ¿Adónde nos dirigíamos? A su nido ubicado a solo cinco cuadras de nuestra casa. Cinco cuadras eternas, inolvidables. Sucede que era la primera vez que tomaba la responsabilidad de preparar todo y llevarlo al nido. Antes se encargaba mi esposa, yo salía temprano al trabajo cuando José todavía estaba durmiendo regresaba en la noche para la cena, pero este semestre nuestros horarios laborales cambiaron, y dos días debo dictar clases por la tarde, mientras que a ella le corresponde torturar a los chicos con estadística a las ocho de la mañana. Recuerdo cuando recibió su nuevo horario en la universidad. Se angustió y estuvo a punto de dejar el curso. “¿Ahora quién lo va a llevar al nido?”, me preguntó y tenía razón de preocuparse. En aquel tiempo, carecíamos de mayor ayuda. Decidimos calmarnos y esperar mi horario. Ignoro si tuvimos suerte, aunque para mi esposa fue ayuda divina y quizá esté en lo cierto. Cuando me entregaron el horario, descubrí que uno de los cursos a mi cargo había sido programado por la tarde y tenía dos mañanas libres, y una coincidía con la clase madrugadora de mi esposa. Suspiramos de alivio. Todo resuelto. ¿Quién se encargaría de alistar y llevar a José al nido un día a la semana? Por supuesto, que yo.


El día anterior, mi esposa tuvo la gentileza de dejarme la muda de ropa lista. Así, que me levanté temprano, ingresé a la ducha rogando que José todavía permanezca dormido. Preparé el desayuno de ambos y lo fui a despertar. Ninguno de los preparativos significó un problema. Llevarlo al baño, asearlo, cambiarlo de ropa, aplicarle su crema para la alergia y su protector solar. Lo había hecho antes así que estaba habituado. Lo que sucedió luego, si fue toda una odisea, aunque esperada, fue como Ulises, un viaje largo, muy largo de solo cinco cuadras.

La hora de ingreso al nido es a las 8:30 am. Salimos a las 8:20. Cinco cuadras en diez minutos con su pasito corto. Tiempo de sobra pensé. Craso error. Sucede que José no solo camina, también corre, lo que en este caso podría parecer una bendición porque llegaríamos más rápido, pero les aseguro que no lo es. A esta edad, se puede desviar del camino, terminar empapado en sudor y coger una gripe de padre y señor mío o lo que sería peor cruzar la calzada sin percatarse de los autos. Así que mejor, caminamos. Es más seguro. “Despacio se llega lejos”, dice el refrán, pero también tiene sus inconvenientes. En ocasiones, por no decir, a cada momento José se detiene y pregunta algo “¿Viste ese auto papá? Es de color dojo” “¿Cómo se llama ese árbol?” “Mira el parque ¿podemos venir después?”. ¿Luego jugamos con mis dinosaurios? Y yo hago todo el esfuerzo sobrehumano para no cargarlo y llevarlo más aprisa porque se hace tarde: “Si, papito es rojo”. “Es una palmera, José”. “Si, vienes con mamá porque voy trabajar”. “Sí, en la noche jugamos con tus dinosaurios”, pero sobre todo “Vamos, hijito, camina”. “Ya estoy caminando papá”. Y siento que lo amo más que nunca, porque es nuestro momento. Un momento solo para padre e hijo. Inolvidable.

Llegamos en veinte minutos, más lento que viajar en hora punta por la avenida Javier Prado. Cuando por fin la puerta de colores del nido estuvo delante, se lo entrego a  Mis Cinthya, nos despedimos con un abrazo y un beso y me dice “Chau, papi”, y al instante, siento nostalgia. La misma nostalgia del primer día de clase que vinimos con mi esposa. Por supuesto, que regresé a casa en cinco minutos. Casi corriendo. Encendí la computadora y escribí este artículo.


domingo, 21 de mayo de 2017

ENTREVISTA A GARCÍA MÁRQUEZ: RECHAZO A LAS TEORÍAS INAMOVIBLES


En 1981, la revista  The Paris Review entrevistó al escritor García Márquez. Aquí algunos pasajes de la misma. Las respuestas del Nobel vienen en cursiva y negrita.
Por ejemplo, si dices que hay unos elefantes volando en el cielo, la gente no te va creer. Pero si dices que hay 421 elefantes volando en el cielo, puede que lo crean.
Esta técnica la aprendió de su abuela supuestamente, quien “contaba cosas que sonaban sobrenaturales y fantásticas con completa naturalidad”. Lo maravilloso casual. Les compartimos aquí algunas otras perlas o balas del oficio de García Marquez, más un artesano que un filósofo:
Una de las cosas más difíciles es el primer párrafo. Me he pasado meses en el primer párrafo, y una vez que lo obtengo, lo demás fluye fácilmente. En el primer párrafo debes resolver la mayoría de los problemas de tu libro.
Traté de contar la historia sin creer en ella —descubrí que lo que tenía que hacer era creer en ella y luego escribirla.
El punto que quiero hacer es que estos escritores jóvenes están gastando su vida escribiéndole a los críticos en vez de trabajando en su escritura. Es mucho más importante escribir a que escriban de nosotros.
Más que los clichés románticos-bohemios, el escritor debe estar sano y lúcido:
Estoy en contra del concepto que mantiene que el acto de escribir debe de ser un sacrificio, y que entre peores las condiciones económicas y emocionales, mejor es la escritura. Creo que debes de estar en un buen estado emocional y físico. La creación literaria para mí requiere de buena salud.
García Márquez encuentra su inspiración en el mundo cotidiano:
Ya que no soy un gran intelectual, encuentro mis antecedentes en cosas de la vida diaria, en la vida, y no en las obras maestras.

Sobre la inspiración, la intuición y la intelectualidad:
La inspiración es cuando encuentras el tema adecuado, uno que realmente te guste; eso hace que el trabajo sea más fácil. La intuición, que también es fundamental para escribir ficción, es una cualidad especial que nos ayuda a descifrar qué es real sin necesitar conocimiento científico o cualquier otro tipo de aprendizaje especial… Es una forma de tener experiencia sin tener que luchar con ella… Básicamente es lo contrario de la intelectualidad, que es probablemente lo que más detesto en el mundo –en el sentido de que el mundo real se convierte en una especie de teoría inamovible.
Le preguntan si le caen mal “los teóricos”.

Exactamente. Sobre todo porque no los entiendo. Es por eso que tengo que explicar todo por anécdotas, porque no tengo mente para las abstracciones. Es por eso que muchos críticos dicen que no soy una persona culta.

domingo, 14 de mayo de 2017

CITA MACABRA


Se abren las compuertas y el toro sale corriendo. Asustado, confundido. El toro no entiende por qué la gente aplaude, por qué grita, por qué de pronto ahora hay luz y una figura dorada difusa al frente. Solo mira sin ver por la vaselina. Con esfuerzo tiene que levantar la cabeza. Rasgaron los músculos del cuello para que permanezca más cerca de la arena que del cielo. El toro siente la puya, y otra vez, el griterío. Insoportable, indigno. El toro huye confundido, tropieza con las tablas, cae, se levanta y corre entre los anillos como un oráculo trazado. El toro besa la arena y la gente vestida de humanos aplaude. A veces, un caballo muere y la gente también aplaude. La figura dorada lo espera y el toro, sin saber, acude a la macabra cita, cada vez más débil, deshidratado, golpeado. El toro ahora está furioso pero humillado. Una estocada del averno y descubre que la figura dorada no es dorada sino negra, como el alma de las personas que vitorean al hombre por sobre el animal. El toro ya huele la arena. Está muy cerca. Demasiado. El toro ha muerto y nadie ha visto su muerte.

domingo, 9 de abril de 2017

EL MAGO DE RIGA


Mijail Nejemievich Tal es el nombre de uno de los más grandes y poco conocidos, campeones mundiales de ajedrez. Nació en Riga, Letonia en 1936 y se coronó con el título mundial a los 23 años, todo un record para la época, derrotando a Botvinnik. Su reinado fue muy corto: desde 1960 hasta 1961. Sus problemas de salud y de indisciplina, le impidieron un mayor tiempo de reinado.
El GMI Gligoric narra una anécdota inspiradora sobre Tal. En una ocasión, el campeón Botvinnik estaba de vacaciones en Letonia, y Mijail Tal siendo todavía un niño, llegó con su tablero y fichas de ajedrez a la casa veraniega del campeón, con la ilusa idea de jugar una partida con él. Como resulta evidente, le dijeron que no sería posible. Años más tarde, en 1960, Mijail Tal, conocido como el Mago de Riga por su extraordinaria técnica de juego y sus combinaciones arriesgadas sobre los escaques, ganó su derecho de enfrentar al campeón que de modo curioso, seguía siendo Botvinnik y lo derrotó por un contundente +6-2=13. Al año siguiente, perdería el título en el match de revancha, pero su vigencia se mantuvo durante décadas, ganando importantes torneos, incluso llegó a derrotar al gran Garry Kasparov, que  había superado su record al coronarse campeón del mundo a los 22 años.

Mijail Tal revolucionó el juego ciencia antes que Fischer. Cuando apreció en escena en 1953, todo era muy calmado en el mundo del ajedrez. Los grandes maestros se respetaban en exceso. Si a uno le correspondían las piezas blancas, atacaba, y si le correspondía las piezas negras, optaba por la defensa hasta esperar un descuido del oponente y pasar al ataque. La consecuencia era obvia: abundaban las tablas, y los triunfos y derrotas eran escasos. Entonces, apareció Tal como una estrella fugaz y cambió todos los patrones del juego y del comportamiento. Él, atacaba siempre, parecía burlarse de la teoría, lanzaba sacrificios, jugaba de igual a igual, introdujo la psicología al juego. El resultado fue maravilloso. Disminuyeron los empates y se elevaron los triunfos y derrotas. El juego del ajedrez se convirtió en una auténtica batalla y ganó más aficionados.

El campeón Botvinnik dijo acerca de Tal: “Si Tal aprendiera a programarse a sí mismo, sería imposible ganarle”.

miércoles, 1 de marzo de 2017

CUATRO CUENTOS O UNA NOUVELLE


Existen historias que calan en lo profundo de nuestro ser y nos atrapan desde la primera línea. Identificación o empatía. No importa. Son escasos los autores que pueden lograrlo, para ello, la historia tiene que ser capaz de capturarnos de un modo inconsciente. Casi irracional. Lo narrado debe salir de la entraña para llegar del mismo modo al lector. Esto lo percibimos, cuando cogemos un libro y resulta imposible dejarlo porque se convierte en una necesidad descubrir cómo continua la historia, ansiamos saber qué le sucede al personaje, y detestamos cada interrupción. Cada vez que me encuentro ante una situación así de inusual, emprendo una nueva tarea. Buscar otros libros de dicho autor. En algunos casos, estas nuevas lecturas terminan con una decepción, pero en otros, se produce algo extraordinario: mi captura total e ingreso al mundo creado por un autor que desde ese instante pasa a convertirse en uno mis favoritos.

            Esta maravillosa sensación me sucedió con Ribeyro, Zola, Cortazar, McCullers, Carver, Saramago y tantos otros autores, como seguro perciben, así de dispares. Un descubrimiento tardío, porque recién lo leí pasados los 30 años, fue el estadounidense John Steinbeck, nacido en California en 1902. La Perla, De ratones y hombres, Las uvas de la ira, Al este del Edén, bastan para reconocerlo. Es cierto que sus dos primeros libros: La copa de oro y Las praderas del cielo, pasaron desapercibidos, recién el tercero llamado: El pony colorado logró capturar la atención de los críticos y llegaron a considerar al autor como una promesa. No se equivocaron. Muchos años después, en 1962, fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura.

            Hace unos días, terminé de leer El pony colorado, y reafirmo lo sucedido cuando llegó a mis manos La perla. Resultó imposible dejar las experiencias del niño Jody, Vivir junto con él, en cuatro historias que funcionan como independiente o como una nouvelle, sus emociones desencantos, su paso de la inocencia al dolor, a la añoranza, en fin, a los misterios de la vida, porque esto ocurre cuando uno lee a Steinbeck, siempre preocupado por los problemas sociales, nos traslada a un mundo muy lejos de lo ideal. Jody junto a su familia y al ayudante Billy Buck, nos representa a la mayoría de nosotros, una vida de inconformidad y a la vez, deseos de no rendirse nunca. Para mi estupenda lectura de iniciación.

domingo, 29 de enero de 2017

VACACIONES ÚTILES


Como todos los años, en los meses de verano surgen una gran variedad de instituciones que ofrecen programas de “Vacaciones útiles” para mantener ocupados a los niños y adolescentes, y que no pierdan su tiempo jugando (como si jugar fuera una pérdida de tiempo y no una de las actividades más serias de todo ser humano). Repito, existen una diversidad de programas: desde mini chef hasta robótica, pasando por todos los deportes y por supuesto, las artes. Se ha convertido casi en una obligación inscribir a los hijos en alguna de estas actividades. ¿Y si no inscribes a tus hijos? Eres un mal padre. Así no lo expresen, lo insinúan con la mirada. Aclaro que no estoy en contra de dichas actividades, lo relevante sería determinar su verdadera utilidad.
Recuerdo en mis años infantiles haber padecido de aquellas dichosas vacaciones útiles. Sí, como lo acaban de leer: PADECIDO. La razón era muy simple. Jamás fui inscrito en algo que verdaderamente deseara. No estoy culpando a mis padres ni a nadie. Los tiempos eran otros, y la educación, totalmente distinta. En aquellos años, los padres no le preguntaban a uno “¿qué quieres hacer en el verano?”, porque asumían que la respuesta sería: “Nada”, o en todo caso “jugar”, que para ellos, significaba lo mismo. No, a los niños no  se les preguntaba nada. Un día llegaban a la casa y me decían: “Desde el martes empiezas Karate”. Y para mí, la sola idea de tener que golpear a alguien o de recibir un golpe, no entraba en mi cabeza. Levanté mi voz de protesta pero se la llevó el viento. Y estuve premiado porque al año siguiente, mi padre me anotó en boxeo. Qué tortura. Más golpes. “Para que aprendes a defenderte”, fue su argumento, y lo que yo más ansiaba era aprender a jugar futbol porque estaba hasta las pelotas de ser el eterno arquero. Aunque no lo crean, también fui inscrito en danzas andinas, cuya utilidad fue nula porque nunca aprendí a bailar; luego, fue el básquet, para que crezca, creencias de aquellos años, y finalmente, natación, que fue lo único que disfruté.

¿Y, el fútbol? Jamás pisé una academia, y cuando años más tarde, en mi época adolescente, junto con mis amigos del barrio, descubrimos que un equipo de fútbol de tercera división del distrito estaba probando jugadores, corrimos ilusionados al estadio de Surquillo a probarnos. De los diez que acudimos, solo escogieron a dos. A mí, por supuesto que no. Yo solo alcancé a probarme la camiseta. Una camiseta de color rojo. Incluso llegamos a tomarnos una foto. Una foto que se perdió en el tiempo, A pesar de todo, retornamos contentos por nuestros amigos elegidos. Los verdaderos, los que formamos en la infancia y en la adolescencia.

En la actualidad, cuando arriban las vacaciones, la primera pregunta que le hago a mi hijo es: ¿Qué quieres hacer? Si desea jugar, excelente, juego con él. Sí además, quiere hacer alguna otra actividad, le ofrezco un abanico de alternativas. Este año, eligió tenis. Y ahí está. Con la raqueta pegando a la pelota y también, fallando, aunque ya va mejorando, pero no es lo importante. Lo que más importa es ver su rostro feliz.

viernes, 23 de diciembre de 2016

PASIÓN POR EL CINE


Sería absurdo afirmar que mi pasión por el cine es hereditaria. Muchos colegas psicólogos, me tildarían de un hereje de la ciencia o de ignorante. Sin embargo, desconozco si solo una combinación de factores familiares y sociales influyó en mi interés, no solo por gozar de una buena película, sino por acudir a una sala y apreciarla en todo su esplendor en la pantalla grande. Quizá todo comenzó con mi abuela materna: Barbarita. Y esta palabra: quizá, marca la duda acerca de mi “herencia” cinéfila. Ella era una amante del cine mexicano y seguidora de Jorge Negrete y Pedro Infante. Aquellos datos, lo conozco por medio de mi madre, porque cuando nací, hacía varios años que mi abuela había dejado de ir al cine, y solo acudía cuando mi tío Roberto, de modo ocasional la invitaba. Barbarita enviudó de modo imprevisto, cuando mi madre tenía apenas seis años y mi tío dos años menos. Una peritonitis se llevó al abuelo, y Barbarita, se encontró sola con dos hijos a quienes mantener. Fueron tiempos difíciles. Bajo la dictadura de Odría, mi abuela se las ingenió para sacar adelante a su pequeña familia. Trabajaba como lavandera durante todo el día y por las noches, se escapaba de la dura realidad que le había tocado vivir, acudiendo a ver melodramas mexicanos. Quizá, ahí radica el inicio de todo.


Como a mis padres nunca les llamó la atención encerrarse en una sala durante dos horas a disfrutar de una historia. Mis tíos Roberto y Yoli se encargaron de llevarme a las entonces conocidas como salas de estreno. A fines de los setenta, no existían las cadenas de multicines. Solo se trataba de una sala de estreno en determinados distritos de clase media y alta, y donde solo se exhibía una película, y las salas de barrio ubicadas en los distritos menos favorecidos, donde el filme se veía todo borroso y los asientos estaban llenos de pulgas. Gracias a mi tío Roberto, conocí la ciencia ficción, sobre todo Star Wars y a los superhéroes: Supermán y El hombre araña, los únicos que llegaron a la pantalla grande en aquella época, y a mi tía Yoli le debo toda la serie de dibujos animados clásicos de Disney, desde Dumbo hasta El libro de la selva. Todavía recuerdo las fotografías con las mejores escenas pegadas en las paredes del pasillo que llevaba al público a la sala. Así comenzó mi pasión por el cine.

Cuando me convertí en adolescente, todo cambió, pero esa, es otra historia.