sábado, 19 de noviembre de 2016

MONTANDO A CABALLO


Un hombre sobre un caballo no es lo mismo que un hombre a pie, ni siquiera es igual que viajar en un auto. Un varón o una mujer sobre un caballo denotan elegancia, aunque parezca medieval o irrelevante, no importa. Un caballo es noble, pero sin perder su brío, su energía, sobre todo el caballo de carrera, que en palabras de Savater, pertenece a la única aristocracia que queda en el mundo. Un caballo de carrera tiene que demostrar su valía, no solo con su velocidad, sino con el corazón. Parece una fantasía, pero quienes conocemos algo de hípica sabemos que es cierto. No solo gana la velocidad y la resistencia, sino el corazón. Así derrotó El Duce a Destinado en el Derby Nacional de 1988, fue el coraje, el que llevó a ese tordillo hermoso a alcanzar a un rival que lo superaba en velocidad, pero no en resistencia, del mismo modo, se mantuvo Lutz en la punta, cuando la yegua chilena Secuencia atropelló con todo, en el Gran Premio Latinoamericano de 1986 disputado en La Rinconada, Venezuela. Fue el corazón, el que lo mantuvo en la punta, cuando toda la caballada brasileña, chilena, argentina y venezolana se venía encima, para otorgarle al Perú, el primer triunfo en un premio de tal envergadura.


Como sucede con las personas, no todos los caballos tienen este distintivo. A muchos les falta ese plus que los convierte en verdaderas estrellas del pasto o la arena. Cuando llega la hora de la verdad y se abren las celdas del partidor, descubrimos que no a todos los competidores les gusta correr de igual modo, unos prefieren marchar en punta, otros venir cerca, a la expectativa, dispuestos a acelerar cuando se agoten los punteros, y un tercer grupo, prefiere marchar al fondo del grupo, en apariencia desatendidos de lo que sucede con sus rivales, pero es una trampa, porque están listos para atropellar en los metros finales.

Cada carrera es una nueva historia y una oportunidad para demostrar, de que está hecho su verdadero corazón, así surge la empatía con el público. He visto caballos estupendos, fracasar por falta de ese plus, los he visto acobardarse ante un rival de polendas, pero también he visto lo contrario, nobles animales que se engrandecen ante la adversidad, dejando el resto en la cancha, incluso retornando en tres patas luego de un triunfo que no podían ceder. Por supuesto, que al igual que los seres humanos, existen días buenos y malos, es la ambivalencia natural de la vida, pero si se trata de un verdadero crack, buscará la revancha, Como Texfina ante Galeno en el Jockey Club de 1987, o como El Duce, en su despedida triunfal, ante Colesterol, y la conseguirán, porque lo que distingue a un caballo de carrera, es su corazón.

domingo, 16 de octubre de 2016

UNA CRÓNICA CONVERTIDA EN TRAGEDIA


En “Crónica de una muerte anunciada”, García Márquez nos anuncia la fatalidad desde el título. Es como si nos contaran el final de la historia desde el principio. ¿Dónde radica entonces el éxito de esta novela corta? ¿Dónde está la clave de su capacidad de capturar a un lector que ya conoce el desenlace? Considero que la respuesta no solo se encuentra en la temática universal utilizada, sino en el tratamiento de la historia misma. El título nos anuncia una crónica, pero sabemos que no lo es, puesto que no ofrece una sucesión ordenada de hechos, y ni siquiera narra los más importantes. Por ejemplo, jamás nos enteramos con certeza, quién es el verdadero culpable de mancillar el honor de Ángela Vicario, solo llegamos a sospecharlo.

            En realidad, esta pequeña (en extensión) obra maestra de García Márquez, está presentada como una tragedia griega, donde el protagonista es un héroe trágico: Santiago que terminará muerto sin ser culpable, y todo por obra de la fatalidad, recordemos que los hermanos de Ángela, luego de su reacción inicial, ya no quieren asesinar a Santiago, pero nadie en el pueblo, que cumple las funciones del coro de la tragedia griega, llega avisarle a la futura víctima, y el funesto suceso termina consumado. El pueblo representa un coro que se limita a observar, cediendo paso al fatalismo extremo, cuando la misma madre de Santiago cierra la puerta, convencida de que su hijo está a salvo en casa.

Además, toda esta serie de sucesos, nos deja otra sensación. El lector queda frustrado por la convicción de que el asesinato pudo evitarse, y no solo eso, cuando uno vuelve a leer la novela, surge la esperanza de que en esta oportunidad, Santiago sobrevivirá, ya que no es posible morir de una manera tan absurda. Es increíble, pero así sucede. También, podría parecer inverosímil que todo un pueblo conozca el destino del protagonista, y no sea capaz de comunicárselo, pero no sucede así. Aquí radica la maestría del Nobel colombiano, convencer al lector de que es posible. Para todos aquellos que todavía no han accedido a esta obra, los invito a leerla, estoy convencido de que no se arrepentirán.

martes, 30 de agosto de 2016

EL AMOR EN McCULLERS


La primera vez que leí a Carson McCullers quedé fascinado. Se trató de una de las novelas más conocidas de la autora norteamericana: “La balada del café triste”, en una edición denominada Maestros de la literatura universal de la desaparecida Oveja negra publicada en 1984, y que insistí durante todo un mes a mis padres para que decidan adquirir los quince tomos que conformaban la edición. Al final solo pudieron comprar los nueve primeros. Todavía recuerdo a mi madre, explicándome a mis 14 años, que la precaria economía familiar no permitiría completar la colección. Haciendo una colecta entre mis tíos adquirí el número diez. Valió la pena. En dicho volumen, figuraba McCullers, que desde un inicio se convirtió en una mis autoras preferidas. Los otros autores que conformaban el texto eran nada menos que Capote, Miller y Fitzgerald. Todo un lujo. Para quienes no la conocen Carson McCullers nación en Georgia en 1917 y falleció en Nueva York, en 1967. Solo vivió 50 años, pero bastaron para dejar una obra extraordinaria, donde el amor aparece como uno de los temas centrales. Un amor asociado a diversas emociones, sentimientos y situaciones: la melancolía, la soledad, la violencia, el abandono.

De este modo, surgió ante mis ojos “La balada del café triste”, una nouvelle publicada en 1943 en la revista Harper’s Bazaar, y narra la historia de Amelia y su primo Lymon, presentando un mundo desolado y una existencia dolorosa, propia del amor no correspondido. Sin embargo, para McCullers, como para muchos escritores, la literatura era terapéutica y le permitía seguir viviendo.  Al respecto, la autora escribe: “La balada del café triste llegó como un relámpago, como un fenómeno religioso…La bendita luz del café triste hizo que me pusiera de nuevo a escribir”. Sus admiradores, de lo agradecemos.


De los seis relatos que acompañaron a la nouvelle, “El transeúnte” es mi preferido. Considerado como uno de sus mejores cuentos, “El transeúnte” nos cuenta la historia de John Ferris y su encuentro con su anterior esposa y su nueva familia en un viaje que realiza a París, que provoca un análisis de sí mismo cargado de emociones por el tiempo perdido con su nueva pareja. Así son los personajes de McCullers, siempre buscando algo extraño, una respuesta, una pasión, un amor, simpre difícil de encontrar, plasmado en la profundidad de su narrativa. Un verdadero deleite.

Todavía tengo aquellos diez tomos en pasta roja con letras doradas que el paso de los años ha ido despintando. Quizá es una de las colecciones más significativas para mí, puesto que representan mi primer acercamiento a la literatura de calidad, así como acercamiento a autores como McCullers, Zola, Tolstoi o Wilde que figuran entre algunos de mis favoritos. Una vez más insisto, sin desmerecer la literatura actual, nada mejor que leer a los grandes maestros.

domingo, 31 de julio de 2016

LEER LIBROS CLÁSICOS


Cada vez que un joven comparte conmigo sus deseos de ser escritor, de inmediato suelo hacerle una pregunta. ¿Qué libros has leído? Así como no se puede aprender a nadar sin lanzarse a una piscina, no se puede pretender escribir, si antes haber sido un lector. En temas de lectura, sobre todo en nuestra sociedad, donde casi nadie lee, es necesario, motivar a los nuevos lectores con aquello que más les agrade. Pocos leen al inicio por placer, y si no sucede así, después no se leerá por obligación. Para estos lectores incipientes, lo primero es brindarles textos que llamen su atención y generen afición por los libros. Cuando su atención esté capturada, es posible mejorar su capacidad lectora.


Una vez desarrollada esta capacidad, recomiendo leer a los clásicos, puesto que las obras clásicas no necesitan abogados defensores, ni de marketing tan utilizado hoy en día. Un clásico sólo requiere un espacio en los libreros, en los escaparates y en los planes de estudio. Luego, ellos se defienden por sí mismos y con las innumerables enseñanzas desprendidas de ellos, (sin que sea su finalidad) se ganan los lectores a pulso, a base de su prestigio histórico, a base de lecturas y relecturas atentas y sensibles a lo largo de los siglos, y son capaces de influir de modo significativo en la mente de las nuevas generaciones por su sola capacidad de emocionar y hacer pensar.

Los clásicos se pueden leer y se deben leer, al inicio con alguna ayuda o adaptación aceptable, pero eso sí, siempre que apetezcan, libremente, con interés auténtico y con desnudez de prejuicios. Quizá al inicio, al joven lector no lo atrapen. Ya llegará su momento de entenderlos y disfrutarlos de verdad. Y deben ser leídos con más razón, por los aspirantes a escritores. Por ejemplo, no concibo a un futuro novelista que no haya leído El Quijote, o a un cuentista que no conozca a Chejov, ni mucho menos a un poeta, que no haya disfrutado de la Iliada. Hay excepciones, por supuesto, pero generalmente no es posible desarrollarse como autor sin haber leído una buena obra. Así que a leer, y jamás por obligación. Como mencioné líneas arriba, todo tiene su tiempo.

domingo, 3 de julio de 2016

PASIÓN HÍPICA (Fragmento)


¿Quién puede dudar que el fútbol goce de mayor fanatismo en nuestro país que las carreras de caballos? Nadie. Es evidente que cuando la selección peruana juega un partido crucial en las eliminatorias para un mundial, medio país se paraliza, mientras que apenas un puñado de amantes de la hípica acude al Hipódromo de Monterrico, incluso cuando el programa de carreras incluye un clásico internacional, como el Gran Premio Latinoamericano corrido el año 2014 donde ganó el peruano Lideris, derrotando a dos yeguas, también peruanas: Shakita y Azarenka, y recién en cuarto lugar, apareció el caballo Hielo de Uruguay. Los representantes brasileños, argentinos y chilenos llegaron más atrás. No importa que el fútbol durante las últimas décadas solo nos brinde derrotas. Es el deporte rey. En cambio, la hípica ni siquiera está reconocida como deporte, al menos en nuestro país. Lo cual, no solo considero un error, sino además, una falta de consideración con una actividad que le ha ofrecido tantos logros al país.



            ¿Quién no ha escuchado hablar de “Santorín”? Aunque la mayoría de personas no tenga la menor idea de que carrera ganó, ni mucho menos el año, ni el nombre del jockey (Arturo Morales), basta mencionar su nombre para que los apasionados hípicos lo asocien con el nombre de un caballo que hace muchos años fue el vencedor de un clásico muy importante. En efecto, “Santorín”, un hijo de Biomydrin y Missing Moon, fue el primer caballo peruano en ganar el Gran Premio Internacional Carlos Pellegrini en Buenos Aires, Argentina (el equivalente en el fútbol a ganar la Copa América), y sucedió la noche de 4 de noviembre de 1973. Y “Santorín” no solo ganó, sino demolió a sus rivales, ya que el segundo, el argentino Good Bloke llegó a 13 cuerpos de distancia. Toda una hazaña. La frase de Augusto Ferrando: “No te pares negrito”, quedó para la historia. Faltaban 200 metros y el Biomydrin comenzaba a separarse de sus oponentes, y Ferrando conocedor del tema y emocionado hasta las lágrimas sabía que la carrera estaba en el bolsillo. Al respecto, el periodista argentino Carlos Nalé escribió en el diario El Clarín: “¿Y Santorín? Trece cuerpos delante, ya en Dorrego cuando los otros llegaban arrastrándose al disco. Un nombre en diminutivo para un potrillo enorme ¡Santorín!” Todo un reconocimiento a la hípica peruana. En la actualidad, cuando uno visita el Hipódromo de Monterrico, en una de las entradas existe un monumento a este maravilloso caballo: “Santorín”. Por mi parte, no conozco ningún monumento a un futbolista peruano, quizá por injusticia de las autoridades deportivas o porque todavía no hemos tenido en el fútbol un equivalente a un “Santorín” que destaque sobre el resto por una diferencia de trece cuerpos. Como diría el poeta Vallejo: No lo sé.

viernes, 13 de mayo de 2016

VÍCTIMAS DE LA VIOLENCIA EN “TODAS ESTAS MUERTES LAS LLEVO ESCRITAS EN EL CUERPO”


El poema “Todas estas muertes las llevo escritas en el cuerpo”, pertenece al libro “Contemplación de los cuerpos” (2005) de Luis Fernando Chueca, autor de los poemarios: Rincones, Animales de la casa y Ritos funerarios, donde ya encontramos el tema de la muerte como una constante. Este poema no es la excepción, el autor parece invitarnos a una reflexión sobre ella en veinte versos, donde deja sentir el dolor por las pérdidas sufridas. Pero ¿qué significa la muerte o a qué tipo de muerte se refiere? Porque no solo es una muerte legal, referida por un notario, ni una muerte solo física, sino que además, hay una referencia a una muerte psíquica expresada en el sufrimiento y que encuentra una forma de trasmisión a través de la poesía, incluso desde el título:

               “Todas estas muertes las llevo escritas en el cuerpo”

               Aquí el poeta, intenta representar a la muerte, a través de las palabras para que permanezcan grabadas en la memoria. El cuerpo se convierte en manifiesto, pero en ningún caso es posible su existencia sin un psiquismo que lo impulse. Lo latente siempre es más relevante. Surge de este modo, una memoria del cuerpo:

               “Muertes
               tatuadas con azufre o alcanfor en un único campo
               de hermosas flores negras

               que me habita”

               En este punto, nace una interrogante: ¿Y por qué estas muertes necesitan ser recordadas? Una muerte significa una pérdida, en este caso: pérdidas, en plural: “Todas las muertes acechantes”, con las cuáles el yo poético se identifica: “como reflejos inflamados de mí mismo”, y envuelve al yo de dolor, necesario desde todo punto de vista porque permite su existencia. Solo el dolor manifestado le otorga conciencia a la sensación del cuerpo: “Todas grabadas a fuego como heridas” o “frágiles insignias cosidas a mi piel, pálpito agudo”, son ejemplos de cómo las pérdidas quedan impregnadas no solo en el cuerpo, sino en la memoria, como un recuerdo persecutorio. “Amenazante”, es el verso elegido por el poeta.

               Por una razón significativa, en este caso, como un homenaje a las víctimas de la violencia que padeció el país, el yo poético considera importante que estas muertes no terminen en el olvido, entonces decide otorgarles un significado, a través de sí mismo, a través de la imagen del cuerpo:

               “Cicatrices trazadas con destreza

               de cuchillo”.

martes, 15 de marzo de 2016

¿LEER ES ABURRIDO?


No. De ninguna manera. Leer es todo lo contrario. Leer es entretenido, nos permite soñar con una realidad distinta a la que vivimos. Leer nos emociona, nos conmueve. Leer nos permite escapar de la realidad cotidiana y cambiarla por otra extraordinaria, mientras trascurre la lectura. Leer, incluso puede llegar a ser adictivo. Es la única adicción saludable que conozco. En el Perú, la dictadura de los noventa, se encargó de alejar a las nuevas generaciones de los libros, los acercó a las imágenes y a la inmundicia, y hasta el día de hoy, estamos pagando las consecuencias. No señores, leer no es aburrido. Leer nos permite vivir aquello que nos atrevemos a plasmar en la realidad. 

       
Sueñas con ser un guerrero invencible, tenemos a Aquiles en la Iliada. Deseas múltiples aventuras, a través de viajes, tenemos a Ulises en la Odisea. Ansías conocer al único matrimonio famoso de la literatura, basta leer Romeo y Julieta. Te gustaría viajar por altamar, entonces acompañemos al capitán Ahab, intentando cazar a Moby Dick. Quieres conocer el horror de la guerra, ahí están los Cuentos de guerra de Maupassant. Anhelas perderte en una noche erótica, tienes a Nana de Zola. Te gustaría añadir un poco de ironía en tu vida, el indicado es Oscar Wilde. Esperas conocer sobre los problemas sociales y su repercusión sobre las personas, tienes a Steinbeck. Quieres ingresar en la mente de un niño, Agostino de Moravia. Te gustaría conocer los conflictos psicológicos de las personas, entonces Carson McCullers, es la indicada. Deseas entender cuando se jodió el Perú, pues está Zavalita en Conversación en La catedral. Gracias a la literatura, puedes caminar entre los muertos en Pedro Páramo del mexicano Rulfo. Te sientes solo y quieres empatía con tu sensación de soledad, puedes leer El pozo de Onetti. Quieres comprender los conflictos amorosos, tienes a Raymond Carver. Anhelas una lección de vida, Cartas a un joven poeta de Rilke. Te gusta la ciencia ficción, viajar a otros planetas y conocer otros mundos, nadie mejor que Isaac Asimov. Mantenerte en suspenso con la increíble historia de una hacker llamada Lizbeth Salander, entones debes sumergirte en la saga Millenium. Quizá prefieras una versión distinta acerca de la religión, tenemos a Saramago con el Evangelio según Jesucristo y Caín. Prefieres conocer sobre la cultura que motiva al bajo mundo, ahí está el brasileño Fonseca. Te gusta reír y llorar al mismo tiempo, Junot Díaz te ofrece a Oscar Wao. Leer, de ninguna manera puede ser aburrido. Leer no solo nos brinda conocimiento, sino que además, nos convierte en mejores personas. Hay que arriesgarse y coger libro. Quizá lo disfruten.

domingo, 7 de febrero de 2016

SOBRE EL SENTIDO DE LA POESÍA LÍRICA Por: Renato Guizado



Entender el significado de una oración cualquiera implica conocer la relación entre sus partes significantes (funciones sintácticas, palabras); hallar aquella directriz que cohesiona sus miembros y les da coherencia. Cuando leemos poesía ocurre técnicamente lo mismo, pero no del modo en que sucede con los textos que leemos a diario o con las palabras que intercambiamos con otras personas. ¿Cuántas veces no nos ha pasado que al leer un poema, uno de vanguardia quizá, caemos en la cuenta de que raya el disparate?


Verde que te quiero verde. 
Verde viento. Verdes ramas. 
El barco sobre la mar 
y el caballo en la montaña

(de <<Romance sonámbulo>>, Federico García Lorca).


También sucede que nos percatamos de que unos versos nos gustaron mucho a pesar de no haber comprendido qué tenían que ver unas imágenes con otras; y entonces nos avergonzaríamos si alguien preguntara por qué nos gustaron. Otras ocasiones ocurre algo más curioso aun: gustamos de un poema que, en sentido estricto, podría pasar por una trivialidad, una anécdota u observación cualquiera e insignificante cuya profundidad, aparentemente, no tiene sustento en el sentido literal de las palabras. Y, sin ser grosero, los abanderados de este segundo tipo de poemas serían los preciosos haikus japoneses que no en pocas ocasiones hablan de ranas sobre un estanque o de caballos, como este de Matsuo Basho traducido por Octavio Paz:

Piojos y pulgas; 
mean los caballos 
cerca de mi almohada.


En parte, tenemos razón al decir que estos poemas carecen de sentido, que son disparatados. Y es que dichas apreciaciones se hacen en función de una forma de ver el lenguaje, donde el signo lingüístico solo puede descomponerse en significante sonoro y significado únicamente conceptual, sentido primario y literal. No obstante, esta forma de concebir el signo lingüístico, tal como muchos han querido interpretar la propuesta de Ferdinand de Saussure, es en extremo limitada para la tarea de la ciencia de la literatura y encuentra su punto de quiebre especialmente en la poesía lírica. Estos poemas, entonces, devienen en textos cuya coherencia no descansa en el plano conceptual más primario, donde los significados literales de las palabras no hacen un significado total reconocible. Resulta que el signo lingüístico en poesía es distinto del signo de otros contextos comunicativos cotidianos o únicamente informativos (diarios, revistas, anuncios, conversaciones neutras, etc.) donde solo cuenta el plano referencial y donde los significados literales logran trabar un mensaje lógico. El significado, pues, no solo incluye un plano conceptual; las palabras, tan humanas, también tienen una carga afectiva e imaginativa. De este modo, incluso en el lenguaje cotidiano podemos distinguir el sentimiento cuando un padre llama seriamente <<hijo>> a su hijo de cuando cariñosamente le dice <<hijito>>: en ambos el significado literal es el mismo, pero el valor afectivo varía el sentido de la expresión. Dámaso Alonso, como siempre, nos lo explica mejor:


Al reducir Saussure el contenido del signo al concepto, desconoce totalmente la esencia del lenguaje: el lenguaje es un inmenso complejo en el que se refleja la complejidad psíquica del hombre. El hombre al hablar no se conduce como una fría y desamorada máquina pensante. […] Lo que hay en el fondo de todo es que estos valores que llamamos afectivos no son separables de los conceptuales: no son, como imaginaríamos a primera vista, una especie de brisa o temperatura que impregna el concepto, sino que forman parte de él. […] Al intuir una realidad cualquiera, nuestra querencia está implícita en nuestra comprensión, la querencia es, en sí misma, una manera de comprender (Alonso 1971).


Este contenido afectivo en respuesta al estímulo del significante no resulta, en principio, siempre crucial en las situaciones que señalamos donde prima la referencia. A saber: los textos informativos carecen intencionalmente de emotividad por ser lo más objetivos que les sea posible y, de hecho, pocas expresiones cotidianas serían ininteligibles sin el sentimiento. No ocurre lo mismo en la lírica, donde el significado último es más afectivo que conceptual y donde el significante puede exceder la realidad fónica. Así, el sentido profundo de un texto lírico se halla en el plano afectivo de las palabras puesto que sucede un despliegue de la subjetividad del emisor sobre lo referido, sea ideas abstractas u objetos; el sentir es lo que el texto busca transmitir, o informar si se quiere (cfr. Kayser 1961). Y es que, como afirma Wolfgang Kayser, el sentimiento en el lenguaje puede ser también el sentido de las palabras (cfr. Kayser 1961). Tal afirmación vale tanto para un poema cuyo sentido literal sea claro como para los disparates y nimiedades de los que tratamos al inicio. Así, el motor del siguiente soneto anónimo no es la idea de Cristo tan coherente sino el profundo, aunque sufriente, amor que siente el yo lírico por este que yace en la idea:


No me mueve, mi Dios, para quererte 
el cielo que me tienes prometido, 
ni me mueve el infierno tan temido 
para dejar por eso de ofenderte.


¡Tú me mueves, Señor! Muéveme el verte 
clavado en una cruz y escarnecido; 
muéveme ver tu cuerpo tan herido; 
muévenme tus afrentas y tu muerte.


Muévenme en fin, tu amor, y en tal manera 
que aunque no hubiera cielo, yo te amara, 
y aunque no hubiera infierno, te temiera.


No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara, 
lo mismo que te quiero te quisiera.


Entonces, no es que esos poemas disparatados carecieran de significado sino que quizá buscamos en el lugar incorrecto: el nexo que da cohesión y coherencia a sus partes no está en el sentido lógico-literal de las palabras. La relación entre dos objetos que no se corresponden lógicamente se da en lo ilógico o irracional; no ocurre sino en el alma del yo lírico. Por ejemplo, <<The Love Song of J. Alfred Prufrock>>, de T. S. Eliot, se abre con un símil donde el ocaso se relaciona con un enfermo anestesiado sobre una mesa de operación:


Let us go then, you and I, 
When the evening is spread out against the sky 
Like a patient etherized upon a table;


El significado no es factible si buscamos una relación lógica o real entre ambos; pero sí lo hallaríamos en lo imaginativo, si pensamos en la caída del sol, y en lo afectivo: el atardecer es triste, una agonía angustiante como la enfermedad. Por otro lado, lo que el yo lírico de Matsuo Basho quiso hacer no fue contarnos esa desagradable escena sino transmitir con ella un estado de ánimo. Lo poco elevado o sin importancia también puede adquirir sentido al ser formulado por la actitud lírica de quien enuncia. Si les gusta un poema que no entendieron es porque, probablemente, entendieran la parte principal: el sentir del yo logró transmitirse y ahí reside el efecto estético. Ahora una aclaración: en todo texto el plano conceptual siempre se capta antes que el afectivo; lo que sucede es que hay distintos grados de captación del concepto, podemos hallar coherencia en todo el texto como solo coherencia dentro de las oraciones, e incluso solo reconocer palabras y no las frases formadas con estas. Como se aprecia en el soneto que tomé de ejemplo, el sentido literal del texto era entendible y se constituye en un elemento importante de la génesis del efecto lírico; no obstante, puede ocurrir que, como en la comparación del poema de Eliot, se sugiera una relación lógica-conceptual, quizá creada, en una relación emotiva perceptible. En el segundo caso ocurre que, una vez percibido, el sentir es susceptible de una explicación racional en la que se halla la concepción del yo lírico sobre el tema que trata. Así, pues, se crean los llamados <<niveles de lectura>> y la distinción entre poetas <<cerebrales>>, cuya emoción está contenida casi totalmente en la idea, y <<sensoriales>>.


Naturalmente, la comprensión del texto en todos sus niveles asegura la experiencia poética plena. Con esto quiero aclarar que no propongo una lectura impresionista o llana de las palabras: toda idea que habita el poema merece atención y tiende a la complejidad, sea natural o adquirida, en especial porque su formulación suele estar impregnada de subjetividad. La metáfora no solo tiene un significado afectivo. Sucede también que las imágenes significan una idea compleja, funcionando de forma referencial independientemente y afectiva en el contexto total: la <<secreta escala>> de <<Noche obscura del alma>>, de San Juan de la Cruz, remite indudablemente a la idea neutra del ascenso místico graduado; y así toda la poesía mística se encuentra llena de imágenes que son significantes de ideas y no de emociones.