martes, 30 de agosto de 2016

EL AMOR EN McCULLERS


La primera vez que leí a Carson McCullers quedé fascinado. Se trató de una de las novelas más conocidas de la autora norteamericana: “La balada del café triste”, en una edición denominada Maestros de la literatura universal de la desaparecida Oveja negra publicada en 1984, y que insistí durante todo un mes a mis padres para que decidan adquirir los quince tomos que conformaban la edición. Al final solo pudieron comprar los nueve primeros. Todavía recuerdo a mi madre, explicándome a mis 14 años, que la precaria economía familiar no permitiría completar la colección. Haciendo una colecta entre mis tíos adquirí el número diez. Valió la pena. En dicho volumen, figuraba McCullers, que desde un inicio se convirtió en una mis autoras preferidas. Los otros autores que conformaban el texto eran nada menos que Capote, Miller y Fitzgerald. Todo un lujo. Para quienes no la conocen Carson McCullers nación en Georgia en 1917 y falleció en Nueva York, en 1967. Solo vivió 50 años, pero bastaron para dejar una obra extraordinaria, donde el amor aparece como uno de los temas centrales. Un amor asociado a diversas emociones, sentimientos y situaciones: la melancolía, la soledad, la violencia, el abandono.

De este modo, surgió ante mis ojos “La balada del café triste”, una nouvelle publicada en 1943 en la revista Harper’s Bazaar, y narra la historia de Amelia y su primo Lymon, presentando un mundo desolado y una existencia dolorosa, propia del amor no correspondido. Sin embargo, para McCullers, como para muchos escritores, la literatura era terapéutica y le permitía seguir viviendo.  Al respecto, la autora escribe: “La balada del café triste llegó como un relámpago, como un fenómeno religioso…La bendita luz del café triste hizo que me pusiera de nuevo a escribir”. Sus admiradores, de lo agradecemos.


De los seis relatos que acompañaron a la nouvelle, “El transeúnte” es mi preferido. Considerado como uno de sus mejores cuentos, “El transeúnte” nos cuenta la historia de John Ferris y su encuentro con su anterior esposa y su nueva familia en un viaje que realiza a París, que provoca un análisis de sí mismo cargado de emociones por el tiempo perdido con su nueva pareja. Así son los personajes de McCullers, siempre buscando algo extraño, una respuesta, una pasión, un amor, simpre difícil de encontrar, plasmado en la profundidad de su narrativa. Un verdadero deleite.

Todavía tengo aquellos diez tomos en pasta roja con letras doradas que el paso de los años ha ido despintando. Quizá es una de las colecciones más significativas para mí, puesto que representan mi primer acercamiento a la literatura de calidad, así como acercamiento a autores como McCullers, Zola, Tolstoi o Wilde que figuran entre algunos de mis favoritos. Una vez más insisto, sin desmerecer la literatura actual, nada mejor que leer a los grandes maestros.

domingo, 31 de julio de 2016

LEER LIBROS CLÁSICOS


Cada vez que un joven comparte conmigo sus deseos de ser escritor, de inmediato suelo hacerle una pregunta. ¿Qué libros has leído? Así como no se puede aprender a nadar sin lanzarse a una piscina, no se puede pretender escribir, si antes haber sido un lector. En temas de lectura, sobre todo en nuestra sociedad, donde casi nadie lee, es necesario, motivar a los nuevos lectores con aquello que más les agrade. Pocos leen al inicio por placer, y si no sucede así, después no se leerá por obligación. Para estos lectores incipientes, lo primero es brindarles textos que llamen su atención y generen afición por los libros. Cuando su atención esté capturada, es posible mejorar su capacidad lectora.


Una vez desarrollada esta capacidad, recomiendo leer a los clásicos, puesto que las obras clásicas no necesitan abogados defensores, ni de marketing tan utilizado hoy en día. Un clásico sólo requiere un espacio en los libreros, en los escaparates y en los planes de estudio. Luego, ellos se defienden por sí mismos y con las innumerables enseñanzas desprendidas de ellos, (sin que sea su finalidad) se ganan los lectores a pulso, a base de su prestigio histórico, a base de lecturas y relecturas atentas y sensibles a lo largo de los siglos, y son capaces de influir de modo significativo en la mente de las nuevas generaciones por su sola capacidad de emocionar y hacer pensar.

Los clásicos se pueden leer y se deben leer, al inicio con alguna ayuda o adaptación aceptable, pero eso sí, siempre que apetezcan, libremente, con interés auténtico y con desnudez de prejuicios. Quizá al inicio, al joven lector no lo atrapen. Ya llegará su momento de entenderlos y disfrutarlos de verdad. Y deben ser leídos con más razón, por los aspirantes a escritores. Por ejemplo, no concibo a un futuro novelista que no haya leído El Quijote, o a un cuentista que no conozca a Chejov, ni mucho menos a un poeta, que no haya disfrutado de la Iliada. Hay excepciones, por supuesto, pero generalmente no es posible desarrollarse como autor sin haber leído una buena obra. Así que a leer, y jamás por obligación. Como mencioné líneas arriba, todo tiene su tiempo.

domingo, 3 de julio de 2016

PASIÓN HÍPICA (Fragmento)


¿Quién puede dudar que el fútbol goce de mayor fanatismo en nuestro país que las carreras de caballos? Nadie. Es evidente que cuando la selección peruana juega un partido crucial en las eliminatorias para un mundial, medio país se paraliza, mientras que apenas un puñado de amantes de la hípica acude al Hipódromo de Monterrico, incluso cuando el programa de carreras incluye un clásico internacional, como el Gran Premio Latinoamericano corrido el año 2014 donde ganó el peruano Lideris, derrotando a dos yeguas, también peruanas: Shakita y Azarenka, y recién en cuarto lugar, apareció el caballo Hielo de Uruguay. Los representantes brasileños, argentinos y chilenos llegaron más atrás. No importa que el fútbol durante las últimas décadas solo nos brinde derrotas. Es el deporte rey. En cambio, la hípica ni siquiera está reconocida como deporte, al menos en nuestro país. Lo cual, no solo considero un error, sino además, una falta de consideración con una actividad que le ha ofrecido tantos logros al país.



            ¿Quién no ha escuchado hablar de “Santorín”? Aunque la mayoría de personas no tenga la menor idea de que carrera ganó, ni mucho menos el año, ni el nombre del jockey (Arturo Morales), basta mencionar su nombre para que los apasionados hípicos lo asocien con el nombre de un caballo que hace muchos años fue el vencedor de un clásico muy importante. En efecto, “Santorín”, un hijo de Biomydrin y Missing Moon, fue el primer caballo peruano en ganar el Gran Premio Internacional Carlos Pellegrini en Buenos Aires, Argentina (el equivalente en el fútbol a ganar la Copa América), y sucedió la noche de 4 de noviembre de 1973. Y “Santorín” no solo ganó, sino demolió a sus rivales, ya que el segundo, el argentino Good Bloke llegó a 13 cuerpos de distancia. Toda una hazaña. La frase de Augusto Ferrando: “No te pares negrito”, quedó para la historia. Faltaban 200 metros y el Biomydrin comenzaba a separarse de sus oponentes, y Ferrando conocedor del tema y emocionado hasta las lágrimas sabía que la carrera estaba en el bolsillo. Al respecto, el periodista argentino Carlos Nalé escribió en el diario El Clarín: “¿Y Santorín? Trece cuerpos delante, ya en Dorrego cuando los otros llegaban arrastrándose al disco. Un nombre en diminutivo para un potrillo enorme ¡Santorín!” Todo un reconocimiento a la hípica peruana. En la actualidad, cuando uno visita el Hipódromo de Monterrico, en una de las entradas existe un monumento a este maravilloso caballo: “Santorín”. Por mi parte, no conozco ningún monumento a un futbolista peruano, quizá por injusticia de las autoridades deportivas o porque todavía no hemos tenido en el fútbol un equivalente a un “Santorín” que destaque sobre el resto por una diferencia de trece cuerpos. Como diría el poeta Vallejo: No lo sé.

viernes, 13 de mayo de 2016

VÍCTIMAS DE LA VIOLENCIA EN “TODAS ESTAS MUERTES LAS LLEVO ESCRITAS EN EL CUERPO”


El poema “Todas estas muertes las llevo escritas en el cuerpo”, pertenece al libro “Contemplación de los cuerpos” (2005) de Luis Fernando Chueca, autor de los poemarios: Rincones, Animales de la casa y Ritos funerarios, donde ya encontramos el tema de la muerte como una constante. Este poema no es la excepción, el autor parece invitarnos a una reflexión sobre ella en veinte versos, donde deja sentir el dolor por las pérdidas sufridas. Pero ¿qué significa la muerte o a qué tipo de muerte se refiere? Porque no solo es una muerte legal, referida por un notario, ni una muerte solo física, sino que además, hay una referencia a una muerte psíquica expresada en el sufrimiento y que encuentra una forma de trasmisión a través de la poesía, incluso desde el título:

               “Todas estas muertes las llevo escritas en el cuerpo”

               Aquí el poeta, intenta representar a la muerte, a través de las palabras para que permanezcan grabadas en la memoria. El cuerpo se convierte en manifiesto, pero en ningún caso es posible su existencia sin un psiquismo que lo impulse. Lo latente siempre es más relevante. Surge de este modo, una memoria del cuerpo:

               “Muertes
               tatuadas con azufre o alcanfor en un único campo
               de hermosas flores negras

               que me habita”

               En este punto, nace una interrogante: ¿Y por qué estas muertes necesitan ser recordadas? Una muerte significa una pérdida, en este caso: pérdidas, en plural: “Todas las muertes acechantes”, con las cuáles el yo poético se identifica: “como reflejos inflamados de mí mismo”, y envuelve al yo de dolor, necesario desde todo punto de vista porque permite su existencia. Solo el dolor manifestado le otorga conciencia a la sensación del cuerpo: “Todas grabadas a fuego como heridas” o “frágiles insignias cosidas a mi piel, pálpito agudo”, son ejemplos de cómo las pérdidas quedan impregnadas no solo en el cuerpo, sino en la memoria, como un recuerdo persecutorio. “Amenazante”, es el verso elegido por el poeta.

               Por una razón significativa, en este caso, como un homenaje a las víctimas de la violencia que padeció el país, el yo poético considera importante que estas muertes no terminen en el olvido, entonces decide otorgarles un significado, a través de sí mismo, a través de la imagen del cuerpo:

               “Cicatrices trazadas con destreza

               de cuchillo”.

martes, 15 de marzo de 2016

¿LEER ES ABURRIDO?


No. De ninguna manera. Leer es todo lo contrario. Leer es entretenido, nos permite soñar con una realidad distinta a la que vivimos. Leer nos emociona, nos conmueve. Leer nos permite escapar de la realidad cotidiana y cambiarla por otra extraordinaria, mientras trascurre la lectura. Leer, incluso puede llegar a ser adictivo. Es la única adicción saludable que conozco. En el Perú, la dictadura de los noventa, se encargó de alejar a las nuevas generaciones de los libros, los acercó a las imágenes y a la inmundicia, y hasta el día de hoy, estamos pagando las consecuencias. No señores, leer no es aburrido. Leer nos permite vivir aquello que nos atrevemos a plasmar en la realidad. 

       
Sueñas con ser un guerrero invencible, tenemos a Aquiles en la Iliada. Deseas múltiples aventuras, a través de viajes, tenemos a Ulises en la Odisea. Ansías conocer al único matrimonio famoso de la literatura, basta leer Romeo y Julieta. Te gustaría viajar por altamar, entonces acompañemos al capitán Ahab, intentando cazar a Moby Dick. Quieres conocer el horror de la guerra, ahí están los Cuentos de guerra de Maupassant. Anhelas perderte en una noche erótica, tienes a Nana de Zola. Te gustaría añadir un poco de ironía en tu vida, el indicado es Oscar Wilde. Esperas conocer sobre los problemas sociales y su repercusión sobre las personas, tienes a Steinbeck. Quieres ingresar en la mente de un niño, Agostino de Moravia. Te gustaría conocer los conflictos psicológicos de las personas, entonces Carson McCullers, es la indicada. Deseas entender cuando se jodió el Perú, pues está Zavalita en Conversación en La catedral. Gracias a la literatura, puedes caminar entre los muertos en Pedro Páramo del mexicano Rulfo. Te sientes solo y quieres empatía con tu sensación de soledad, puedes leer El pozo de Onetti. Quieres comprender los conflictos amorosos, tienes a Raymond Carver. Anhelas una lección de vida, Cartas a un joven poeta de Rilke. Te gusta la ciencia ficción, viajar a otros planetas y conocer otros mundos, nadie mejor que Isaac Asimov. Mantenerte en suspenso con la increíble historia de una hacker llamada Lizbeth Salander, entones debes sumergirte en la saga Millenium. Quizá prefieras una versión distinta acerca de la religión, tenemos a Saramago con el Evangelio según Jesucristo y Caín. Prefieres conocer sobre la cultura que motiva al bajo mundo, ahí está el brasileño Fonseca. Te gusta reír y llorar al mismo tiempo, Junot Díaz te ofrece a Oscar Wao. Leer, de ninguna manera puede ser aburrido. Leer no solo nos brinda conocimiento, sino que además, nos convierte en mejores personas. Hay que arriesgarse y coger libro. Quizá lo disfruten.

domingo, 7 de febrero de 2016

SOBRE EL SENTIDO DE LA POESÍA LÍRICA Por: Renato Guizado



Entender el significado de una oración cualquiera implica conocer la relación entre sus partes significantes (funciones sintácticas, palabras); hallar aquella directriz que cohesiona sus miembros y les da coherencia. Cuando leemos poesía ocurre técnicamente lo mismo, pero no del modo en que sucede con los textos que leemos a diario o con las palabras que intercambiamos con otras personas. ¿Cuántas veces no nos ha pasado que al leer un poema, uno de vanguardia quizá, caemos en la cuenta de que raya el disparate?


Verde que te quiero verde. 
Verde viento. Verdes ramas. 
El barco sobre la mar 
y el caballo en la montaña

(de <<Romance sonámbulo>>, Federico García Lorca).


También sucede que nos percatamos de que unos versos nos gustaron mucho a pesar de no haber comprendido qué tenían que ver unas imágenes con otras; y entonces nos avergonzaríamos si alguien preguntara por qué nos gustaron. Otras ocasiones ocurre algo más curioso aun: gustamos de un poema que, en sentido estricto, podría pasar por una trivialidad, una anécdota u observación cualquiera e insignificante cuya profundidad, aparentemente, no tiene sustento en el sentido literal de las palabras. Y, sin ser grosero, los abanderados de este segundo tipo de poemas serían los preciosos haikus japoneses que no en pocas ocasiones hablan de ranas sobre un estanque o de caballos, como este de Matsuo Basho traducido por Octavio Paz:

Piojos y pulgas; 
mean los caballos 
cerca de mi almohada.


En parte, tenemos razón al decir que estos poemas carecen de sentido, que son disparatados. Y es que dichas apreciaciones se hacen en función de una forma de ver el lenguaje, donde el signo lingüístico solo puede descomponerse en significante sonoro y significado únicamente conceptual, sentido primario y literal. No obstante, esta forma de concebir el signo lingüístico, tal como muchos han querido interpretar la propuesta de Ferdinand de Saussure, es en extremo limitada para la tarea de la ciencia de la literatura y encuentra su punto de quiebre especialmente en la poesía lírica. Estos poemas, entonces, devienen en textos cuya coherencia no descansa en el plano conceptual más primario, donde los significados literales de las palabras no hacen un significado total reconocible. Resulta que el signo lingüístico en poesía es distinto del signo de otros contextos comunicativos cotidianos o únicamente informativos (diarios, revistas, anuncios, conversaciones neutras, etc.) donde solo cuenta el plano referencial y donde los significados literales logran trabar un mensaje lógico. El significado, pues, no solo incluye un plano conceptual; las palabras, tan humanas, también tienen una carga afectiva e imaginativa. De este modo, incluso en el lenguaje cotidiano podemos distinguir el sentimiento cuando un padre llama seriamente <<hijo>> a su hijo de cuando cariñosamente le dice <<hijito>>: en ambos el significado literal es el mismo, pero el valor afectivo varía el sentido de la expresión. Dámaso Alonso, como siempre, nos lo explica mejor:


Al reducir Saussure el contenido del signo al concepto, desconoce totalmente la esencia del lenguaje: el lenguaje es un inmenso complejo en el que se refleja la complejidad psíquica del hombre. El hombre al hablar no se conduce como una fría y desamorada máquina pensante. […] Lo que hay en el fondo de todo es que estos valores que llamamos afectivos no son separables de los conceptuales: no son, como imaginaríamos a primera vista, una especie de brisa o temperatura que impregna el concepto, sino que forman parte de él. […] Al intuir una realidad cualquiera, nuestra querencia está implícita en nuestra comprensión, la querencia es, en sí misma, una manera de comprender (Alonso 1971).


Este contenido afectivo en respuesta al estímulo del significante no resulta, en principio, siempre crucial en las situaciones que señalamos donde prima la referencia. A saber: los textos informativos carecen intencionalmente de emotividad por ser lo más objetivos que les sea posible y, de hecho, pocas expresiones cotidianas serían ininteligibles sin el sentimiento. No ocurre lo mismo en la lírica, donde el significado último es más afectivo que conceptual y donde el significante puede exceder la realidad fónica. Así, el sentido profundo de un texto lírico se halla en el plano afectivo de las palabras puesto que sucede un despliegue de la subjetividad del emisor sobre lo referido, sea ideas abstractas u objetos; el sentir es lo que el texto busca transmitir, o informar si se quiere (cfr. Kayser 1961). Y es que, como afirma Wolfgang Kayser, el sentimiento en el lenguaje puede ser también el sentido de las palabras (cfr. Kayser 1961). Tal afirmación vale tanto para un poema cuyo sentido literal sea claro como para los disparates y nimiedades de los que tratamos al inicio. Así, el motor del siguiente soneto anónimo no es la idea de Cristo tan coherente sino el profundo, aunque sufriente, amor que siente el yo lírico por este que yace en la idea:


No me mueve, mi Dios, para quererte 
el cielo que me tienes prometido, 
ni me mueve el infierno tan temido 
para dejar por eso de ofenderte.


¡Tú me mueves, Señor! Muéveme el verte 
clavado en una cruz y escarnecido; 
muéveme ver tu cuerpo tan herido; 
muévenme tus afrentas y tu muerte.


Muévenme en fin, tu amor, y en tal manera 
que aunque no hubiera cielo, yo te amara, 
y aunque no hubiera infierno, te temiera.


No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara, 
lo mismo que te quiero te quisiera.


Entonces, no es que esos poemas disparatados carecieran de significado sino que quizá buscamos en el lugar incorrecto: el nexo que da cohesión y coherencia a sus partes no está en el sentido lógico-literal de las palabras. La relación entre dos objetos que no se corresponden lógicamente se da en lo ilógico o irracional; no ocurre sino en el alma del yo lírico. Por ejemplo, <<The Love Song of J. Alfred Prufrock>>, de T. S. Eliot, se abre con un símil donde el ocaso se relaciona con un enfermo anestesiado sobre una mesa de operación:


Let us go then, you and I, 
When the evening is spread out against the sky 
Like a patient etherized upon a table;


El significado no es factible si buscamos una relación lógica o real entre ambos; pero sí lo hallaríamos en lo imaginativo, si pensamos en la caída del sol, y en lo afectivo: el atardecer es triste, una agonía angustiante como la enfermedad. Por otro lado, lo que el yo lírico de Matsuo Basho quiso hacer no fue contarnos esa desagradable escena sino transmitir con ella un estado de ánimo. Lo poco elevado o sin importancia también puede adquirir sentido al ser formulado por la actitud lírica de quien enuncia. Si les gusta un poema que no entendieron es porque, probablemente, entendieran la parte principal: el sentir del yo logró transmitirse y ahí reside el efecto estético. Ahora una aclaración: en todo texto el plano conceptual siempre se capta antes que el afectivo; lo que sucede es que hay distintos grados de captación del concepto, podemos hallar coherencia en todo el texto como solo coherencia dentro de las oraciones, e incluso solo reconocer palabras y no las frases formadas con estas. Como se aprecia en el soneto que tomé de ejemplo, el sentido literal del texto era entendible y se constituye en un elemento importante de la génesis del efecto lírico; no obstante, puede ocurrir que, como en la comparación del poema de Eliot, se sugiera una relación lógica-conceptual, quizá creada, en una relación emotiva perceptible. En el segundo caso ocurre que, una vez percibido, el sentir es susceptible de una explicación racional en la que se halla la concepción del yo lírico sobre el tema que trata. Así, pues, se crean los llamados <<niveles de lectura>> y la distinción entre poetas <<cerebrales>>, cuya emoción está contenida casi totalmente en la idea, y <<sensoriales>>.


Naturalmente, la comprensión del texto en todos sus niveles asegura la experiencia poética plena. Con esto quiero aclarar que no propongo una lectura impresionista o llana de las palabras: toda idea que habita el poema merece atención y tiende a la complejidad, sea natural o adquirida, en especial porque su formulación suele estar impregnada de subjetividad. La metáfora no solo tiene un significado afectivo. Sucede también que las imágenes significan una idea compleja, funcionando de forma referencial independientemente y afectiva en el contexto total: la <<secreta escala>> de <<Noche obscura del alma>>, de San Juan de la Cruz, remite indudablemente a la idea neutra del ascenso místico graduado; y así toda la poesía mística se encuentra llena de imágenes que son significantes de ideas y no de emociones.

lunes, 18 de enero de 2016

EL DÍA QUE SALÍ DE CLASE


Ricardo Silva-Santisteban es un profesor de escuela antigua. De aquellos que exige atención absoluta y te expulsa del aula de clase, si descubre a algún alumno conversando o revisando su celular, una mala costumbre de las nuevas generaciones. Profesores como él, me enseñaron en pre grado en la década de los noventa cuando estudié psicología en la Universidad Nacional Federico Villarreal. En aquellos años, todavía muy pocos tenían acceso al celular, a nosotros nos expulsaban por hablar en el aula o incluso por realizar una mala exposición. No estoy afirmando que los métodos educativos antiguos sean superiores a los actuales, solo establezco una diferencia. Ahora el empoderamiento del alumno, en ocasiones prima sobre la autoridad de cualquier profesor pusilánime. Pero la metodología educativa no es motivo de este artículo, sino mi experiencia como estudiante de una segunda profesión. ¿Cuál? Literatura, y no estoy trastornado, ni estoy en plena crisis de los cuarenta, ni se me ha zafado un tornillo. Sucede que soy un psicólogo que ama la lectura, y soy consciente que aquí en el Perú, leer no significa casi nada. En primer lugar, hay que ganarse el sustento, y recién en segundo lugar, intentar hacer lo que nos eleva el espíritu. Un absurdo total, pero así es la vida para un gran número de personas. Por ese motivo, no estudié Literatura, además, a fines de los ochenta no existían la cantidad de universidades que hay en la actualidad donde basta inscribirse para estudiar. Años atrás, las universidades eran escasas y para conseguir un lugar en sus aulas, había que estudiar con ahínco. Convertirse en universitario era un verdadero mérito. Así, terminé en la Facultad de psicología, donde aprendí a querer la profesión.

No es simpático vivir dividido, pero como en muchos casos, la escisión se impone en la vida. Siendo un amante de la literatura, terminé como psicoterapeuta de pareja. Qué paradoja. Me convertí en un infiel de mí mismo. Sin embargo, nunca dejé de leer y escribir. Mis dos verdaderas pasiones. Estudiar literatura como segunda profesión resultó inevitable.

El semestre pasado conocí a Ricardo Silva-Santisteban en el curso de Poesía. Un amante de Shakespeare. Un verdadero Maestro. Todo un académico. Por primera vez, en mi historia de estudiante hubo momentos donde me sentí como un total ignorante. Incluso era incapaz de elaborar una pregunta. Es cierto. Entendía la clase, pero cuando el Maestro anunciaba el tiempo para absolver alguna duda, no tenía la menor idea de qué preguntar. Sucede, que ese detalle solo tiene lugar, cuando uno se encuentra con una personalidad académica de tal magnitud, que los escasos conocimientos no alcanzan para elaborar una interrogante, (algo similar, me había sucedido en las clases de Ricardo González Vigil), y es una lástima que académicos como ellos, sean cada vez más difíciles de encontrar en las universidades. Son otros tiempos argumentarán algunos. Desde mi punto de vista, se trata de una excusa. 

Ricardo Silva-Santisteban es Presidente de la Academia Peruana de la Lengua y Caballero de las Artes y las Letras del gobierno francés. Es ensayista, traductor y poeta. Gracias a sus clases que parecían conferencias magistrales, conocí la poesía de Li Tai Po, Coleridge, Marwell, Poe (de quién solo había leído sus cuentos) y entendí por primera vez a Eguren. Aprendí a valorar en toda su magnitud, cómo la furia de Aquiles desencadena toda una serie de sucesos en el noveno año dela guerra con Troya en la Iliada, y las aventuras de Ulises en la Odisea.

Recuerdo que acudía al aula con un enorme bloque de separatas de poética, y una de las pocas veces, que no la llevé completa porque pesaba mucho, al Maestro se le ocurrió analizar el poema “En alabanza de la vida campestre”, y ¿adivinen? La ley de Murphy se cumple. Soy testigo. No tenía el bendito poema entre mis separatas. El profesor anunció como condición para escuchar la clase, tener el poema. De este modo, más de la mitad de los compañeros salimos corriendo hacia la fotocopiadora. Todos los jóvenes maldiciendo y yo como un padre tratando de poner calma. A pesar de ello, me sentí contagiado por la energía de la juventud manifestada en sus reclamos. Los jóvenes siempre creen tener la razón, y no la tienen. Luego, lo descubren, claro. Cuando la experiencia se impone, pero en aquel momento, me sentí joven de nuevo. Fue estupendo.

Solo tengo una frase por agregar: gracias por sus enseñanzas, Maestro. 

domingo, 27 de diciembre de 2015

AÑORANZA


Extraño los pollitos que cuidaba mi abuela. Extraño escucharla cantar. Extraño viajar a Otuzco, su tierra natal con ella. Extraño a mis padres de la infancia. Crecí y como es natural, ellos desaparecieron a pesar de tenerlos cerca. Extraño correr por el parque. Extraño subir a los juegos mecánicos con mi  madre. Extraño ver a Ultrasiete derrotando a los monstros que invadían La tierra, a Marco buscando a su mamá, a Meteoro ganando carreras, al Correcaminos huyendo de las ingeniosas trampas del coyote. Extraño reírme como un niño. Extraño canjear muñecos de Los Picapiedra en las lavanderías American Dry Cleaner. Extraño el chocolate Superleche. Extraño mi infancia.

No extraño mi colegio.

Extraño jugar fútbol toda la tarde con mis amigos en la calzada. Ser arquero porque era el único puesto para el que servía. Extraño jugar canicas, trompo y chapita. Extraño ensuciarme la ropa y llegar todo sudado a mi casa. Extraño faltar al colegio y después tener que ponerme al día con las tareas. Extraño cuando mi tío me llevaba al cine a ver películas de ciencia ficción y de súper héroes, y también extraño mirar las fotografías de los estrenos en los murales de las paredes. Extraño pasear con mi madre por las tiendas Scala, Monterrey y Tía. Extraño coleccionar e intercambiar figuritas de los álbumes de Navarrete. Extraño mis clases de natación aunque al inicio las detestaba. Extraño ver a Perú en el Mundial de España 82. Extraño a la mascota Naranjito. No importa que Polonia nos goleara por 5 a 1. Extraño mi niñez.


No extraño la escases de los ochenta.

Extraño las gaseosas Piña Canada Dry y Teem para la peor sed. Extraño la saga original de Star Wars, aunque la pueda ver repetida mil veces. Extraño jugar ajedrez, no importa si perdía el ascenso de categoría por medio punto. Igual extraño la tensión de estar sentado frente al tablero. Extraño las tribunas colmadas del hipódromo para ver a Misilero y a El Duce. Extraño a Lutz ganando el Gran Premio Latinoamericano. Extraño correr maratón. Extraño saltar en las tribunas del estadio. Extraño grabar música en casete. Extraño cuando existía la amistad. Extraño Trujillo adonde prometo retornar. Extraño mi adolescencia.

No extraño el terrorismo.

Extraño mis años universitarios y todo el tiempo libre que tenía. Extraño a las chicas que me dijeron que no, también a las que me dijeron que sí. Extraño a mis amores imposibles, también a mis amores posibles. Extraño a mi tía Julia que siempre creía en mí. Extraño ir al gimnasio. Extraño el concierto de Indochina en el Amauta. Extraño la voz de Freddy Mercury. Extraño la salsa de Rubén Blades y de Héctor Lavoe. Extraño la emoción de mi primer viaje en avión. Extraño los combates de Hagler y Duran. Extraño las carreras de Sena y Schumacher. Extraño leer en los buses, acabar novelas de 500 páginas y de inmediato comenzar una nueva. Extraño a Michilin, un gato parecido al de “Cementerio de animales” de King. Motta, una perrita chusca juguetona. Oso, un pastor alemán que mis padres regalaron porque no querían la casa convertida en un albergue de animales; y a Kitty, una pekinesa traviesa de color caramelo, todas las mascotas que me acompañaron hasta este momento. Cuanto las extraño. Quizá demasiado. Extraño a mis amigos. Extraño cuando reíamos juntos. Incluso a veces, me extraño a mí mismo. Extraño mi juventud.


No extraño mi vida adulta. La estoy viviendo.