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domingo, 12 de noviembre de 2017

TODO EN LOS CABALLOS ES MISTERIOSO



De este modo, inicia Savater (2003) un artículo titulado “Un derby con espejismo”, donde sostiene con gran acierto que resulta casi imposible hacer un pronóstico en una carrera de caballos. Es decir, que ni siquiera el más conocedor de la hípica es capaz de garantizar un resultado. Es evidente. La pregunta es ¿por qué? La respuesta también parece simple. Los caballos son animales, no robots programables. Algunos son ideáticos, otros tienen humor cambiante y unos terceros parecen mansas palomas y así. Su carácter es tan diverso como el de los seres humanos, por eso, cuando parece que una tarde de clásico, todo está dispuesto para el triunfo de un ejemplar determinado, este pierde de modo increíble. En la mayoría de los casos, es posible llegar a comprender las razones de su derrota, pero casi siempre será después de la carrera, cuando ya todo está perdido. Hay excepciones, claro. Por ejemplo, cuando Ferrando vaticinó la derrota del caballo favorito argentino Hall of Arts en el Latinoamericano de 1987, corrido en Monterrico debido a un mal entrenamiento durante la semana, pero reitero, son excepciones. La realidad, es que no sabemos casi nada acerca del desempeño de un caballo de carrera. 

       Es posible contraargumentar que se conoce su velocidad, su coraje, su estilo de carrera. De acuerdo, todos estos argumentos son válidos, sin embargo, nada garantiza el desempeño, ni siquiera del mejor crack en una carrera, sino por qué Golden Form perdía todos los clásicos internacionales, incluido el Jockey Club disputado en Monterrico, cuando de local arrasaba a sus rivales. En cambio, conocemos la razón de la única decepción internacional que nos proporcionó el caballo Misilero en un Latinoamericano, se había resfriado y no tuvo tiempo de recuperarse por completo, pero en esa carrera también corrió otro grande la hípica peruana El Duce, y qué coincidencia, fue también, su único fracaso internacional, ya que, siempre tuvo destacadas actuaciones fuera de nuestras fronteras cuando le correspondió representarnos. ¿Y qué le pasó ese día? No lo sé. Quizá quiso correr al lado de su compañero que conocía de Monterrico, y como Misilero no avanzó, él tampoco y se mantuvo a su lado o como dijo el mismo Ferrando, decepcionado por la actuación peruana al culminar la carrera: “Hoy, a los caballos peruanos, simplemente no les dio la gana de correr”.

        Por otro lado, sabemos los motivos de las derrotas de Black Coffey y Clapton en el Pellegrini del año 2000, se enfrentaron a caballos superiores, así de simple, y como es lógico, perdieron. No había nada que reclamar. Quizá Clapton vino algo adelantado y no era su costumbre, pero Black Coffey corrió como siempre.

       ¿Y sucede lo mismo con las victorias? La respuesta es afirmativa, solo que desde mi punto de vista, sucede en menos ocasiones. El triunfo de Capitán Garfio en el Derby Nacional de 1997, es un buen ejemplo. Son los llamados “Golpes” o resultados sorpresa, que se producen cuando un ejemplar, que en apariencia tiene pocas opciones, termina derrotando a los favoritos. Es un aspecto hermoso de la hípica, lo misteriosos que resultan los caballos, y así debe ser, de lo contrario sería muy aburrido, asistir a una carrera donde estamos seguros de quién será el triunfador.


sábado, 19 de noviembre de 2016

MONTANDO A CABALLO


Un hombre sobre un caballo no es lo mismo que un hombre a pie, ni siquiera es igual que viajar en un auto. Un varón o una mujer sobre un caballo denotan elegancia, aunque parezca medieval o irrelevante, no importa. Un caballo es noble, pero sin perder su brío, su energía, sobre todo el caballo de carrera, que en palabras de Savater, pertenece a la única aristocracia que queda en el mundo. Un caballo de carrera tiene que demostrar su valía, no solo con su velocidad, sino con el corazón. Parece una fantasía, pero quienes conocemos algo de hípica sabemos que es cierto. No solo gana la velocidad y la resistencia, sino el corazón. Así derrotó El Duce a Destinado en el Derby Nacional de 1988, fue el coraje, el que llevó a ese tordillo hermoso a alcanzar a un rival que lo superaba en velocidad, pero no en resistencia, del mismo modo, se mantuvo Lutz en la punta, cuando la yegua chilena Secuencia atropelló con todo, en el Gran Premio Latinoamericano de 1986 disputado en La Rinconada, Venezuela. Fue el corazón, el que lo mantuvo en la punta, cuando toda la caballada brasileña, chilena, argentina y venezolana se venía encima, para otorgarle al Perú, el primer triunfo en un premio de tal envergadura.


Como sucede con las personas, no todos los caballos tienen este distintivo. A muchos les falta ese plus que los convierte en verdaderas estrellas del pasto o la arena. Cuando llega la hora de la verdad y se abren las celdas del partidor, descubrimos que no a todos los competidores les gusta correr de igual modo, unos prefieren marchar en punta, otros venir cerca, a la expectativa, dispuestos a acelerar cuando se agoten los punteros, y un tercer grupo, prefiere marchar al fondo del grupo, en apariencia desatendidos de lo que sucede con sus rivales, pero es una trampa, porque están listos para atropellar en los metros finales.

Cada carrera es una nueva historia y una oportunidad para demostrar, de que está hecho su verdadero corazón, así surge la empatía con el público. He visto caballos estupendos, fracasar por falta de ese plus, los he visto acobardarse ante un rival de polendas, pero también he visto lo contrario, nobles animales que se engrandecen ante la adversidad, dejando el resto en la cancha, incluso retornando en tres patas luego de un triunfo que no podían ceder. Por supuesto, que al igual que los seres humanos, existen días buenos y malos, es la ambivalencia natural de la vida, pero si se trata de un verdadero crack, buscará la revancha, Como Texfina ante Galeno en el Jockey Club de 1987, o como El Duce, en su despedida triunfal, ante Colesterol, y la conseguirán, porque lo que distingue a un caballo de carrera, es su corazón.

domingo, 3 de julio de 2016

PASIÓN HÍPICA (Fragmento)


¿Quién puede dudar que el fútbol goce de mayor fanatismo en nuestro país que las carreras de caballos? Nadie. Es evidente que cuando la selección peruana juega un partido crucial en las eliminatorias para un mundial, medio país se paraliza, mientras que apenas un puñado de amantes de la hípica acude al Hipódromo de Monterrico, incluso cuando el programa de carreras incluye un clásico internacional, como el Gran Premio Latinoamericano corrido el año 2014 donde ganó el peruano Lideris, derrotando a dos yeguas, también peruanas: Shakita y Azarenka, y recién en cuarto lugar, apareció el caballo Hielo de Uruguay. Los representantes brasileños, argentinos y chilenos llegaron más atrás. No importa que el fútbol durante las últimas décadas solo nos brinde derrotas. Es el deporte rey. En cambio, la hípica ni siquiera está reconocida como deporte, al menos en nuestro país. Lo cual, no solo considero un error, sino además, una falta de consideración con una actividad que le ha ofrecido tantos logros al país.



            ¿Quién no ha escuchado hablar de “Santorín”? Aunque la mayoría de personas no tenga la menor idea de que carrera ganó, ni mucho menos el año, ni el nombre del jockey (Arturo Morales), basta mencionar su nombre para que los apasionados hípicos lo asocien con el nombre de un caballo que hace muchos años fue el vencedor de un clásico muy importante. En efecto, “Santorín”, un hijo de Biomydrin y Missing Moon, fue el primer caballo peruano en ganar el Gran Premio Internacional Carlos Pellegrini en Buenos Aires, Argentina (el equivalente en el fútbol a ganar la Copa América), y sucedió la noche de 4 de noviembre de 1973. Y “Santorín” no solo ganó, sino demolió a sus rivales, ya que el segundo, el argentino Good Bloke llegó a 13 cuerpos de distancia. Toda una hazaña. La frase de Augusto Ferrando: “No te pares negrito”, quedó para la historia. Faltaban 200 metros y el Biomydrin comenzaba a separarse de sus oponentes, y Ferrando conocedor del tema y emocionado hasta las lágrimas sabía que la carrera estaba en el bolsillo. Al respecto, el periodista argentino Carlos Nalé escribió en el diario El Clarín: “¿Y Santorín? Trece cuerpos delante, ya en Dorrego cuando los otros llegaban arrastrándose al disco. Un nombre en diminutivo para un potrillo enorme ¡Santorín!” Todo un reconocimiento a la hípica peruana. En la actualidad, cuando uno visita el Hipódromo de Monterrico, en una de las entradas existe un monumento a este maravilloso caballo: “Santorín”. Por mi parte, no conozco ningún monumento a un futbolista peruano, quizá por injusticia de las autoridades deportivas o porque todavía no hemos tenido en el fútbol un equivalente a un “Santorín” que destaque sobre el resto por una diferencia de trece cuerpos. Como diría el poeta Vallejo: No lo sé.