domingo, 24 de junio de 2012

DOBLE PERSONALIDAD EN MENTE SINIESTRA


          ¿Qué puede hacer una niña atrapada en un mundo sin sentido? Solo tiene dos alternativas. Defenderse o enloquecer. Aunque tal vez, la mejor defensa sea la segunda alternativa, antes de caer vencida, Emily luchará por su bienestar psíquico y por su propia vida. Fallecida su madre en circunstancias extrañas, Emily comienza a vivir en dos mundos paralelos, uno donde su padre protagonizado de modo magistral por Robert De Niro, que la ama intenta protegerla, y otro donde Charlie, su amigo imaginario que comienza mostrando una apariencia benévola va dejando ver su verdadera naturaleza a medida que avanza la historia. El despecho, la traición y  la violencia en las cuales se ve envuelta de modo involuntario Emily, terminan por decidir su elección, a pesar de la acción esperanzadora de la psicóloga, ante la imposibilidad de su propio padre, que ha sido vencido sin darse cuenta por las heridas producto del vínculo con su esposa, por ayudarla. Ante el fracaso de su padre, Emily está sola. El trauma queda instaurado y una sombra en la niña surge para en un futuro próximo apoderarse de ella.

1408


          Este relato de King apareció como un ejemplo en el apéndice del libro Mientras escribo. La intención del autor, era enseñar a los lectores como un relato pasa del primer al segundo borrador. Felizmente, King decidió terminarlo, pues no solo escribió un cuento estupendo, sino que además, se convirtió en la fuente del guión adaptado para el filme del mismo nombre, donde Cusack da vida al incrédulo y desafiante Mike Enlsin, un reconocido escritor de terror que no cree una sola palabra de lo que escribe, ya que se dedica a desacreditar los eventos paranormales. Esta reacción conflictiva entre lo que se piensa y lo que se hace, constituye el nexo de la obra, conflicto que surge como una forma de encubrir un trauma, que en el filme cobra relevancia, a través de la pérdida de la hija. La concepción del mundo de Enlsin cambia de manera drástica cuando se enfrenta a la habitación 1408. En el relato a diferencia del filme, los problemas del protagonista con la 1408 empezaron aun antes de entrar en ella. La puerta estaba torcida. Mientras que en el filme, unos minutos provocadores de suspenso retrasan la acción. ¿Qué representa la habitación 1408? Un viaje al interior de nosotros mismos. Un retornar por aquellos sucesos traumáticos que hemos dejado inconclusos y nos aterran, pero que tarde o temprano debemos afrontar. Enlsin, encerrado en la 1408, debe sobrevivir a sí mismo. La habitación del Dolphin Hotel, solo es la escusa.

lunes, 28 de mayo de 2012

LOS MAESTROS Y SU APRENDIZ

Tener ojos es una gran responsabilidad. Significan la puerta de la experiencia, del conocimiento y, Saramago, este extraordinario escritor portugués, nos muestra como la ética está ligada a la responsabilidad de poseer algo que otros no tienen. La importancia de tener una mayor experiencia o un conocimiento superior, nos obliga a utilizarlo en beneficio de los demás. Representa casi una obligación moral, unida a una actitud de constante aprendizaje que es lo único capaz de liberarnos de la pedantería y la vanidad. Liberarnos de esa falacia de creer que ya lo sabemos todo o que somos dueños de la verdad absoluta. Nada más erróneo. Si en algún momento tenemos mayor conocimiento que los demás, eduquemos, seamos maestros y extendamos la mano, sin cerrar nuestras puertas al conocimiento posterior, sin por ello, dejar de ser aprendices. Es la enseñanza que obtuve de Saramago, un ejemplo como escritor, como premio nobel, pero sobre todo como hombre.

jueves, 19 de abril de 2012

TODOS ESTÁBAMOS MUERTOS

Aquí les ofrezco un artículo muy interesante, escrito por el periodista Beto Ortiz, para que no olvidemos una época de terror que vivimos y paa qe las nuevas generaciones conozcan el verdadero significado de dicha trágicas experiencias, que ojalá jamás se repitan. Aquí el artículo de Beto Ortiz:


"Ahora que esos mismos criminales imperdonables intentan disfrazarse de demócratas para infiltrarse de nuevo como un cáncer en nuestras vidas, este viejo alegato adquiere, de pronto, una inquietante actualidad. No podemos olvidar lo que ocurrió. Y la mejor manera de honrar la memoria de esos miles de peruanos que murieron víctimas del terror es cerrando filas contra Sendero Luminoso, Movadef o como mierda se llamen. Librando la feroz batalla de las ideas para evitar que más jóvenes idealistas sigan siendo embaucados por la misma monserga de odio ciego. Recordándoles, con cada página de nuestra historia, la suerte inmensa que tienen de vivir en este Perú imperfecto pero esperanzado y no en aquel otro donde sólo había matanza, tiniebla y desolación.


Salir del cine de ver Arma Mortal y que, a pocos metros de la puerta, un Volkswagen vuele en mil pedazos. (Y empezar, desde ahí, a sospechar de todos los carros que humean demasiado). Llegar un día cualquiera a tu oficina y enterarte que la señora de la computadora de al lado no pudo venir hoy porque ayer la asesinaron a pedradas en un viaje de trabajo a Huancavelica. (Encontrar, al día siguiente en una revista, la foto de lo que quedó de ella en doble página central). Aprender que cuando revienta una bomba hay que tirarse al suelo con la boca abierta para que tus tímpanos no estallen (y decorar todas las ventanas de tu casa con tiras de esparadrapo para que –cuando ocurra– no perezcas degollado por esos cuchillos voladores que son los vidrios que arroja la onda expansiva).

Descubrir el aciago olor de la muerte en la Plaza de Armas de Satipo alfombrada horriblemente de cadáveres púrpuras e hinchados. (Confundirse ante la cantidad de horror que el filo incomprensible de un machete es capaz de esculpir sobre un pobre cuerpo humano). Olfatear, como un sabueso, todos los sobres que te llegan, en busca de aquel temible olor a avellanas que es el síntoma inequívoco de que alguien que te odia a morir te ha enviado una carta bomba. (Una le llegó a ese abogado tan prestigioso y le arrancó un brazo, otra a Melissa, la chica practicante del diario “Cambio” de quien, sobre las losetas, no quedó un solo rastro susceptible de ser reconocido).


Escuchar todas las noches, sin falta, en el noticiero el coro ronco y lastimero de los nuevos miembros de la interminable procesión de las viudas y los huérfanos llorando en quechua nuevas tragedias que nadie me traduce y que no entiendo. ( Y luego ese sonsonete imbécil de los políticos –tan longevos– repitiendo naderías: “repudio enérgico”, solidaridad con los deudos”, “comisión investigadora del Congreso”, para después irse a tomar un pisco sour con la falsa al bar del “Maury”).


Ver pasar delante de ti, como en una pesadilla, a un sereno de Miraflores que lleva en brazos a una niña con pijama de franela toda estampada de ositos y de sangre. Al muchacho que corre como un poseso entre la densa humareda de Tarata en llamas y repite un nombre, desesperado: Gustavo o Enrique o Miguel o como quiera que se llamara el hermano al que nunca más volvió a encontrar. A la anciana que regresa cojeando días después a rescatar de entre los escombros un sobreviviente cuadro de la última cena. Al señor Cava que marcha –ausente, como un zombie– por el centro de la avenida Larco llevando en las manos una flor blanca y la foto de su hijo, el atleta, muerto. A la pequeña Vanesa, la hija de la vendedora de cartera de la esquina, aprendiendo de nuevo –y sonriente– a caminar con una diminuta y terrible pierna ortopédica. (Todos estábamos a una cuadra, todos estuvimos a punto de pasar por allí, todos conocíamos a alguien que vivía o moría en esos edificios que se desmoronaron como fueran de galleta. Los blanquitos no sabíamos realmente por qué lloraban tanto todas esas mamachas en los despachos de los corresponsales. No teníamos la más remota idea de qué trataba todo aquello hasta esa noche. Tarata fue nuestro once de septiembre).


Quedarse otra vez a oscuras y sentir miedo. Oír una sirena y sentir miedo. Abrir de mañana el diario y sentir miedo. Sentir miedo de amanecer muerto en el Perú. Sentir miedo de amanecer vivo. Sentir miedo de que nunca acabe el miedo. Sentir miedo de que las llaves medio quemadas que encontraron entre las cenizas en la fosa de Cieneguilla abran la puerta de la casa de Amaro Cóndor, el estudiante de La Cantuta asesinado por militares: ver al fiscal forcejear con la chapa ante los flashes y rezar porque no abra, que no abra, que no abra y la llave abre, maldita sea, otra puerta más que da directo al mismo espanto al que nunca nos cansamos de volver.


Sentir miedo de salir a la calle sin documentos y que un policía nos detenga a la vuelta de una esquina, nos encierre en cualquier sótano hediondo y nadie vuelva a saber nunca de nosotros. Sentir miedo de haber tenido la mala suerte de haber salido a comprar el pan y pasado cerca del lugar del atentado o de llamarnos igual que algún buscado por la justicia y que ese error tan clamoroso, (cometido por un juez inapelable, encapuchado), sea reconocido por el Estado después de ocho años de tenernos sepultados vivos, tallando virgencitas sobre huesos de pescado o pedazos secos de jabón Bolívar, en una celda en la que hay que dormir sentado porque no hay espacio para echarse ni manera de contar el tiempo porque no hay cómo saber cuándo es de noche y cuándo de día.


Sentir miedo al enterarnos, por boca de un ex -miembro del Grupo Colina que tras haber “ejecutado un operativo”, es decir, tras haber asesinado a mansalva a los peruanos y peruanas de todo los tamaños que les mandaban asesinar, les tocaba, a veces, meterlos a la maleta e ir a enterrarlos a algún cerro perdido en las afueras y que cuando, entre gallos y medianoche, estaban logrando a duras penas tapar la fosa, la tierra comenzaba a sacudirse bajo sus botas porque, carajo, alguno de los muertos seguía vivo y, puta, qué palta, había que echar tierra más rápido para que no se te fuera a escapar del hueco ese rechucha.


Sentir miedo al ponerse a pensar cuántos torturados y cuántos muertos que ya nadie llora habrán sido lanzados a los abismos o fondeados en el mar para que nunca los puedan contabilizar siquiera las estadísticas. Sentir miedo de que cualquier ser querido nuestro llegue a estar, por mala suerte, alguna vez a merced de alguno de esos comandos de élite que, como parte de un entrenamiento altamente especializado, tienen que criar un cachorrito recién nacido, alimentarlo y cuidarlo amorosamente y años después matarlo a puñaladas, abrirle el vientre y comerse todas sus entrañas, embadurnándose de pies a cabeza para no ser considerado un cobarde sino, más bien, todo un patriota.


Sentir miedo al escuchar el testimonio feroz de Exhaltación Vargas, el sobreviviente insospechado de esa carnicería absurda y enloquecida que fue la Masacre de El Frontón, de esos ríos de sangre de los que tanto hablaba Villanueva del Campo, ¿Se acuerdan? Sangre que mancha más que la tinta indeleble de las mesas de sufragio porque ha manchado para siempre –y diga lo que diga– las manos aspaventosas de Alan García que ahora se desvive por convencernos de la decidida lucha que –comandando a esa caterva abyecta de asesinos– dice haber librado por la pacificación.


Sentir miedo de nuevo cuando alguna autoridad vuelve a restarle importancia al rebrote terrorista y recordar automáticamente la imperdonable y criminal ceguera que hizo presa del honestísimo y gallardo presidente Belaúnde cuando, a inicios de los 80, se refirió a los sanguinarios senderistas como “abigeos” ¡Abigeos! ¡Es decir: ladrones de ganado! Abigeos que le costaron al país tantas decenas de miles de muertos que acaso se hubieran evitado –también– con gobernantes menos candelejones, tibios y cacasenos.


Sentir miedo cada vez que vemos aparecer otro absoluto cretino declarando sandeces inauditas y comparables a las que perpetraba Valentín Pacho, connotado líder sindical, conspicuo miembro de la Izquierda Unida y orgulloso delegado del Perú en todos los besamanos a Fidel, muy recordado por haber dicho en 1989 que de llegar su variopinta alianza al poder y en aras de la lucha contra la pobreza sería menester “fusilar a todos los empresarios”, comentario que, como puede verse, marca distancia de modo tajante con la lógica homicida de Sendero.


Sentir miedo de evocar las lágrimas viriles –y culposas– de Monseñor Cipriano al anunciar su hondo pesar de que todos los emerretistas de la residencia del Japón hubieran muerto (de un infame tiro en la nuca, ahora lo sabemos ¿lo supo él?). Pensar que pastor tan humilde de corazón y noble y bueno y misericordioso haya sido durante tantos años la única alternativa que tuvieron los ayacuchanos más pobres para defender “es cojudez” que eran sus choleados derechos humanos, francamente, da indignación.


La misma indignación que, personalmente, me genera comprobar el nivel extraordinario y casi unánime de estupidez que exhiben la mayoría de comentarios hechos al informe Final de la Comisión de la Verdad por políticos, periodistas, analistas, columnistas y onanistas: que está sesgado, que refleja un enfermo deseo de venganza, que no hay que hurgar en las heridas del pasado, que nadie los ha nombrado jueces, que no existe la figura de responsabilidad política, que no condena suficientemente a Sendero, que no se puede poner en el mismo nivel a las Fuerzas Armadas o –por último y esta es mi favorita– que los comisionados cobraron mucha plata y que con esa plata la Municipalidad de Lima hubiera podido inaugurar nuevas obras. Ave María.


¿Quién dijo que el Acuerdo Nacional no era posible? Señoras y señores, bienvenidos a la soñada concertación: Paniagua, Fujimori y García, Flores-Aráoz, Cabanillas, Rey, la Chávez y Barrón, por fin todos en ronda y de la manito. Y en la angurria electoral, hermanitos. Suave, locos, aquí no ha pasado nada. ¿Cuántos muertos dijo? Nooo, imposible. Aguanta tu carro. Qué va a ser. ¿Sesenticuánto? No, no se pasen, pues.


No puedo creer que ese sea el tono de la discusión. No han entendido nada. O mejor dicho, no han aprendido nada. Todo lo que he escrito líneas arriba –aunque se queda irremediablemente corto –intenta describir el Perú que me tocó en suerte. Y si, yo hubiera querido vivir en un país en el que matamos sin cesar no fuera indispensable. En el que no hubiera que caminar chapaleando en sangre. Pero ya lo dije, esto es lo que me tocó. Un país sumamente rico en homicidas. Me subleva. Como a todos, espero. Yo creía que la guerra nos había legado 25,000 muertos. Ahora resulta que fueron más de 69,000 ¿vamos a enfrascarnos ahora en discusiones aritméticas? ¿Políticas, morales, religiosas, filosóficas? ¿Vamos a competir entre todos para saber cuál de nuestros asesinos es el menos asesino? La Comisión de la Verdad y la Reconciliación ha trabajado duro y parejo para poder darnos a los peruanos la peor de las noticias. Todos se quejan, en consecuencia. Todos chillan. El médico nos dice que tenemos cáncer y no se nos ocurre mejor cosa que pegarle. Es horrible lo que nos dicen. Pero nos jode tanto porque es verdad y desde esta página, sin influencia alguna, lo agradezco de veras. No sé si cobraron mucho o poco, no sé si se dejaron llevar en algún momento por su corazoncito progre, se están a favor o en contra de Toledo, no me importa. Les creo. A toda esa gente que se quemó las pestañas y se rompió los lomos para que ahora todos conozcamos esto que somos. A la practicante de leyes que se fue hasta la punta del cerro para recoger un testimonio olvidado, al testigo que venció el miedo y, estallando en llanto, contó su historia veinte años después, a la digitadota que, acaso, obvió la fiesta del sábado y se amaneció tipeando interminables listas de difuntos llamados “N.N. Juan” y N.N. María” o al estudiante de periodismo que aprendió a no tener miedo de seguir investigando. A todos ellos, eternas gracias. La Comisión de la Verdad nos ha revelado una auténtica tragedia: nos mataron miles de hermanos y, en vez de llorarlos, no se nos ocurre otra cosa que negarlo, que decir que es mentira, que debe tratarse de un error y que, por último, no es nuestra culpa. Pero nadie es inocente. Porque el asesino tiene nombre de país. Nos han revelado, como iba diciendo, nuestra hecatombe en todo su esplendor. Sorpresa. Todos estábamos muertos".


PERÚ21
Domingo 31 de Agosto 2003

jueves, 29 de marzo de 2012

La voz de las horas oscuras

Este mes de Febrero conocí a Bruno Nassi Peric en un taller de narrativa organizado por el gurpo cultural Arkabas, así lleg´´o a mis manos su novela "La voz de las horas oscuras", grato descubrimiento, una historia interesante que nos muestra aspectos muy humanos como la violencia y el amor.
Al respecto d ela novela, el critico literario Gonzáles Vigil dice:
"Un nuevo nrrador a considerar: Bruno Nassi Peric. Posee el instinto para armar tramas con la complicidad del lector, ensamblando habilmente episodios, dosificando la intriga, mediante variados recursos expresivvos".
Los invito a leerla.

viernes, 2 de marzo de 2012

Ya Salió ¿Te queda un poco de café?

Los desencuentros de pareja, el destino, el peso de lo social, la soledad, la resignación, el escepticismo, las pequeñas derrotas en la vida cotidiana, los conflictos personales, constituyen el universo urbano que Fernando Espíritu nos ofrece en este nuevo conjunto de cuentos, desde una visión desencantada, algo melancólica, pero definitivamente muy nuestra.
Roberto Reyes.


jueves, 1 de marzo de 2012

MEDIANÍA LITERARIA

Conocí a Oswaldo Reynoso a inicios de la década del dos mil. Dictaba clases sobre test psicológicos en la Universidad Federico Villarreal, cuando una mañana al llegar a la Facultad de Psicología, encontré a Oswaldo siendo presentado como el nuevo docente del curso de lenguaje, por el decano de turno. Fue una grata sorpresa. Creo que la mayoría de los miembros de mi generación hemos leído sus cuentos en el colegio. Imposible olvidar a "Colorete" y "Cara de ángel". Cuando días después comenté la buena noticia con mis alumnos, tuve la primera gran decepción. La mayoría de los jóvenes estudiantes universitarios y futuros profesionales, no tenían la menor idea de quién era Oswaldo Reynoso. La segunda decepción, fue que muchos colegas tampoco lo conocían o no habían leído su obra. Durante su estancia en la universidad tuve la fortuna de conversar y sobre todo aprender de él como maestro. Le entregué mi libro Qué saben los ajedrecistas de mujeres y aceptó ser uno de los presentadores. Conocerlo fue una grata experiencia. Al cabo de unos años, las nuevas autoridades no le renovaron el contrato y la universidad perdió a un excelente catedrático.

Unos tres años después, lo encontré firmando sus textos en la Feria del libro, ubicada aquel año en Jesús María. Paseaba con mi esposa mirando los stands cuando lo vi sentado a unos pocos metros de uno de los auditorios donde se presentaba un libro de autoayuda escrito por una señora muy conocida gracias a la prensa, especialista en buenos modales. Como se imaginaran el auditorio estaba repleto. Cuando nos acercamos a la mesa donde estaba Oswaldo, un par de jóvenes se despedían llevando sus libros firmados. Me reconoció, le presenté a mi esposa y lamenté su salida de la universidad. Me preguntó si seguía escribiendo. Le respondí que sí y que pronto saldría editado mi nuevo libro. Luego, tuvo la gentileza de firmar dos libros (uno para mi esposa y el otro para mí), el clásico "Los inocentes" y su nuevo título "El goce de la piel". Al momento de leer la dedicatoria, la emoción me embargó: "Para Fernando con la amistad de su colega Oswaldo". Hasta aquel instante, nunca me había considerado escritor. Quizá todavía no lo sea, pero aquella dedicatoria me proporcionó algo de ilusión. Recuerdo el comentario de mi esposa luego de despedirnos: "Para ese libro de autoayuda que ni siquiera está escrito por una especialista, el auditorio está lleno, y para la firma de la obra de Reynoso, apenas cuatro gatos". Lamentablemente, tenía razón.

Con algo de esperanza alcancé a observar, cuando ya nos retirábamos, que un par de jóvenes se había acercado a Oswaldo para adquirir sus libros. Sin duda la medianía de nuestro entorno cultural nos absorbe más cada día. Depende de nosotros ser vencidos o no.

lunes, 28 de noviembre de 2011

UN PIANISTA EN MEDIO DE LA GUERRA

Ver El pianista, notable filme de Polanski, significa recordar el horror de la guerra. Aquel Tánatos señalado por Freud en 1923 en Más allá del principio del placer, y descuidado por nuestra sociedad, en donde hemos llegado al extremo de llegar a convivir con la violencia y la muerte como si se tratara de sucesos sin importancia. Polanski nos recuerda en este filme que las guerras son siempre nefastas, y no solo para los que pelean, sino para los civiles que asisten como invitados involuntarios a una masacre que está más lejos de su entendimiento. Basta ver el rostro acongojado de Adrien Brody, representando al pianista Spilman, luego de su vano intento por salvar al niño que al retornar al gueto es descubierto y golpeado del otro lado del muro hasta morir, para identificarse con su sufrimiento.

¿Por qué recordar un suceso tan doloroso? Precisamente por eso. Por el dolor que representaron y representan aún, las millones de muertes, en su mayoría de civiles, que trajo como consecuencia la ambición de unos pocos. Cuando el acorazado alemán Schleswig Holstein atacó la península polaca de Westerplatte, se dio inicio a la más cruenta guerra del mundo moderno. Nuestra indignación debe impedir que se repita. Y estamos fracasando. Nuestra indignación a cedido ante la indiferencia. Aquí la relevancia del filme de Polanski. En El pianista, asistimos a la historia de Wladyslaw Spilman, destacado artista, que padece las consecuencias de la invasión alemana a Varsovia, la capital de Polonia, ciudad que va siendo devastada al igual que el protagonista. La destrucción de ambos se muestra en paralelo. Las ruinas del gueto coinciden con la soledad forzada, a la cual, se ve obligado enfrentar Spilman para sobrevivir. Las guerras y la muerte, significan lo mismo, destrucción y pérdidas. La ciudad pierde su belleza arquitectónica, el país derrotado pierde su dignidad y Spilman pierde a su familia y a sus amigos. Lo que no debemos perder es nuestra capacidad de memoria, no para mantener vivo el resentimiento, sino para aprender del error y luchar con todas nuestras fuerzas para que el horror de la guerra no se vuelva a repetir.